Hagamos memoria. El 6 de agosto de 1945, un avión militar de Estados Unidos bautizado con el nombre de Enola Gay lanzó una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Murieron inmediatamente entre 120.000 y 150.000 personas y varios decenas de miles más sufrieron horribles heridas o desarrollaron enfermedades mortales por causa de la radioactividad en los años siguientes. Tres días después, el 9 de agosto, otro avión norteamericano lanzó una segunda bomba sobre la ciudad japonesa de Nagasaki en la que fallecieron, en parecidas circunstancias, unas 70.000 personas. Ni Hiroshima ni Nagasaki eran objetivos militares y la aproximación aérea a las dos ciudades pudo realizarse con toda tranquilidad y sin hostigamiento defensivo alguno. En aquel histórico momento, Alemania e Italia ya habían sido derrotadas y Japón, la tercera potencia del llamado Eje, estaba decidida a la rendición, si bien discutía los términos de la misma, su extensión y, sobre todo, el mantenimiento del carácter sagrado de la figura del emperador. La orden de lanzar las dos bombas atómicas sobre la población civil indefensa había sido tomada por el presidente Truman el día 25 de julio anterior, y en ella se establecía que el ataque se desencadenaría a partir del 3 de agosto "tan pronto como el tiempo permita una aproximación visual" sobre cualquiera de estos cuatro objetivos urbanos: Hiroshima, Kokura, Niigata y Nagasaki (Tokio y la antigua capital, Kioto, fueron descartadas por razones políticas, culturales y religiosas). Al día siguiente del bombardeo de Hiroshima, el escritor francés Albert Camus declaró: "La civilización tecnológica acaba de alcanzar su grado último de salvajismo". La expresión es certera, porque las bombas de Hiroshima y Nagasaki fueron la culminación de una serie de bombardeos salvajes e indiscriminados practicados durante la última fase de la guerra contra territorio alemán (Dresde, Hamburgo, Berlín…) y contra territorio japonés (Tokio, por ejemplo) en los que decenas de miles de personas fueron quemadas vivas con bombas incendiarias. De hecho, los estrategas norteamericanos denominaban a las ciudades japonesas como cajas de cerillas por la facilidad con que se extendía el fuego dada la abundancia de construcciones de madera. A partir de ese momento, la utilización de los bombardeos aéreos masivos, como signo de superioridad moral y militar, fue una constante de la política exterior norteamericana. Recordemos Corea, Vietnam, Laos, Camboya, Libia y más recientemente Irak o Afganistán. En su día, el presidente Truman justificó su acción alegando que con ello había salvado muchas vidas de norteamericanos. Otros la interpretaron como una advertencia a Moscú, entonces todavía aliado y en seguida próximo enemigo.