Competidoras en el ramo del textil, en el de la mano de obra barata y ahora también en los parques eólicos y el contrabando de tabaco, China y Galicia son las verdaderas potencias emergentes en este comienzo de milenio. Los paralelismos llegan a tal punto que incluso el anterior gobierno-tándem de Touriño y Quintana incluía entre sus socios a un partido de vagos orígenes maoístas como el Bloque.
Ignorantes de estos pormenores, los profetas de la economía limitan al grupo de los BRIC –Brasil, Rusia, India y, naturalmente, China– el núcleo duro de las naciones que de aquí a un par de décadas van a desafiar la hegemonía financiera de los Estados Unidos en el mundo. Probablemente acierten, desde luego; pero aun diciendo la verdad, no la cuentan toda. Junto a esas grandes potencias habría que incluir, siquiera fuese como nota marginal, a Galicia y otros países de reducida dimensión que, pese a ello, comparten con la China de Mao y de MacDonald’s muchos de los rasgos que explican el despegue de la economía de ese antiguo imperio.
No hará falta subrayar, por ejemplo, que China y Galicia destacan de manera parigual como potencias mundiales del textil, si bien cada una de ellas a su manera. Aquí trabajamos más el diseño y la logística de ventas, mientras que nuestros amigos chinos prefieren concentrarse en la producción a gran escala destinada a surtir incluso a firmas gallegas. Pero esas son meras cuestiones de detalle.
Más aún que el negociado de la socialización de la ropa a bajo precio, dos países tan distantes y próximos a la vez comparten la inveterada afición al trabajo que ya hace dos siglos llamó la atención de Paul Lafargue. Advertía por entonces el yerno de Carlos Marx que la extrema laboriosidad de los gallegos superaba a la de cualquier otro lugar de Europa. Más o menos lo mismo que ocurre con nuestros actuales socios y competidores, que gastan fama (al parecer justa) de trabajar como chinos.
Un par de siglos después, las estadísticas oficiales han venido a dar la razón a Lafargue en lo tocante a la devoción un tanto insana que los gallegos profesan al trabajo.
Constatan en efecto las estadísticas que la producción de Galicia crece desde hace años módicamente por encima de la media española. La fórmula de ese crecimiento, aquí y en la China, consiste en que los gallegos dedicamos a la faena un promedio de dieciséis horas más al año que el resto de España, según los imparciales datos del Ministerio de Trabajo. No hace falta ser un gurú de la economía para deducir que cuantas más horas le eche al curro un pueblo, mayores serán sus posibilidades de que aumente la producción.
Por si todas esas similitudes no bastasen, la prensa da cuenta estos días de la irrupción de China en el mercado del viento con la instalación de un gigantesco parque eólico llamado a ser el mayor del mundo. Nada cuesta imaginar que de aquí a nada los chinos se convertirán en los amos del aire, del mismo modo que Galicia es uno de los líderes de Europa en el negocio de ordeñarle kilovatios al viento.
Y por último, pero no lo último, China ha entrado también en el sector del contrabando de tabaco que hasta hace un par de décadas monopolizaron los gallegos gracias a la invención de la prestigiosa denominación de origen “Rubio de Batea”. El Winston que los ex súbditos de Mao nos envían ahora es del género “Todo a cien”, pero ya se sabe que en tiempos de crisis el cliente mira menos la calidad.
Alejadas en lo geográfico y extrañamente próximas en casi todo lo demás, China y Galicia compiten –como se ve- en los mismos mercados, ramos, productos e incluso en la común afición al trabajo. A este paso acabarán por achinársenos los ojos, pero algún peaje habrá que pagar por entrar en el club de los países emergentes. Entonces ya nadie podrá decir aquello de que en materia de desatinos no hay como los gallegos y los chinos.
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