“Cuando llegue a Phoenix, ella se estará levantando/ Encontrará la nota que dejé colgada en su puerta/Sonreirá al leer la parte en la que le digo que la dejo/Porque dejé a esa chica tantas veces antes...”.
Cantada por Glen Campbell, “By the time I get to Phoenix” ganó hace más de cuarenta años el premio “Grammy” que encumbró la partitura y al artista y de paso sirvió para que fuese grabada luego por no menos de medio centenar de intérpretes, ellos, Frank Sinatra, Dean Martin y Bobby Darin. Cada uno de ellos le imprimió su propio registro, en ritmos a veces muy distintos, pero con independencia de los arreglos musicales, lo que prevalece es ese tono narrativo, sentimental y vagamente melancólico que ha hecho entrañables e imperecederas tantas canciones country. Hay muchas obras así en un género que en buena medida le debe la perduración de su naturalidad y la conservación de su frescura a la indiferencia con el que suelen enfrentarse a la música country muchos de los críticos que se postulan como intelectuales. Esa actitud tiene probablemente mucho que ver con la resistencia de los puristas de la crítica a considerar que pueda tener algún valor musical cualquier partitura que despierte en quien la escuche una emoción elemental, un pensamiento sencillo o la simple tentación de bailar. No creen que merezca la pena que la gente se entusiasme con un estilo musical que a efectos de impactar a las masas campesinas los intelectuales de aquí consideran perfectamente cubierto con el zafarrancho interesado de un ferruginoso himno sindical, a no ser que cualquiera de las memorables canciones relativamente “western” de Jimmy Webb haya sido desestructurada por Bob Dylan hasta convertir la sencilla historia de desamor en un incisivo alegato social capaz de influir en la sociedad no como un íntimo poema rural, sino como una anónima pedrada urbana. Es probable que el idilio transatlántico surgido con la era Obama ayude a disolver la sistemática fobia antinortemericana y sirva para reparar el grave error que constituye esa indiferencia musical que, como poco, supone mantener intacta la vanidosa obsesión de la crítica intelectual por despreciar aquello cuya comprensión por parte del pueblo llano no requiera de su ayuda. A esa negligente desidia se debe que millones de españoles descubriesen la existencia de Roy Orbison con motivo del estreno de “Pretty Woman”, cuando el autor de la canción que le da su nombre a la película llevaba treinta años despuntando en medio mundo como rockero y también por su emotiva y conmovedora confraternización con el country, con una intensa versión de “Blue bayou” nunca desde entonces mejorada. Con razón en una entrevista en CNN+ se quejaba hace unos días Miguel Ríos de lo absurdo que resulta que nuestros cantantes se aferren a un género musical determinado y desconsideren, sin más, los otros, como si un roquero, por ejemplo, temiese perder juntas su pureza y su reputación por culpa de haber interpretado una balada, una copla o un bolero, atreviéndose, como mucho, a testimoniales incursiones en el jazz o en el blues, hacia los que la crítica suele ser más condescendiente. Creen los intelectuales que la música lenta solo es admisible en el supuesto de que su mensaje sea político o social, en cuyo caso la melodía suele resultar inevitablemente roma y aburrida. Es una suerte que “Internet” haya puesto al alcance de la gente géneros musicales vedados por las redes comerciales del cerril nacionalismo hispano y que cualquiera pueda tener acceso a conocer sin intermediación alguna a estilos y voces que han sido sistemáticamente ignoradas pero jamás pudieron ser destruidas. Cuando Bruce Springsteen amaina e introduce en sus conciertos la vaga ensoñación de alguna de sus formidables canciones más “western” –más fronterizas, si se quiere- lo que escuchamos no es más que la punta del iceberg de un estilo extraordinario que desde Jimmie Rodgers no ha hecho más que encadenar una interminable sucesión de obras y de voces cuyo conocimiento estoy seguro de que sepultaría para siempre esas aritméticas y automáticas canciones de sonajero y hormigonera como las que sirvieron para encumbrar a cantantes como David Bisbal o a grupos como “La Oreja de Van Gogh” y en los últimos años solaparon sin vergüenza alguna a figuras como la Tina Turner vigorosa y roquera en cuyo repertorio de “YouTube” puedes encontrar, si te interesa, una versión de “Help me make it through the night”, la distintiva canción de Kris Kristofferson con cuyos acordes incluso Martina Mc Bride parece una cantante respetable. Desconozco tu vida sentimental, amigo, pero si escuchas esa canción en la voz de Tina Turner, puedo asegurarte que jamás hubo en tu vida, ni la habrá, una mujer que te pida, como te lo pide ella, que, simplemente, le ayudes a pasar la noche.
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