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Áspero y sentimental

Al final de los perros

José Luis Alvite

 
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En la vida de un hombre hay dos etapas en las que le trae sin cuidado los esfuerzos para las conquistas materiales: en la infancia, cuando cualquier cosa le parece un regalo, y en la vejez, cuando todo le resulta innecesario. No abundan los niños sospechosos, ni los ancianos corruptos. Alguien me dijo de madrugada en un garito que los hombres pierden codicia cuando por culpa de la vejez tienen dificultades para contener la orina. Aunque parezca mentira, muchos hombres perdieron influencia o poder por culpa de haberse ausentado al baño en el momento menos oportuno. Yo mismo me retiré de los placeres y de las servidumbres de la noche a tiempo de que la vejiga no me respondiese en los antros peor que la conciencia. Entraba en los garitos después de haber meado y no volvía a mear hasta el momento de la despedida, ocho hora más tarde. A efectos de tu prestigio y de tu fortaleza en el arroyo, que alguien intuya alguna fisura en tu carácter no es en esos sitios en absoluto peor que si descubren que necesitas de ir con urgencia al baño. Ni los niños ni los viejos tienen ese problema, entre otras razones, porque ni los muchachos ni los ancianos tienen mucho que perder, unos, porque tienen a mano la cuna, los otros, porque tienen cerca el féretro. Yo desistí prematuramente de los ambientes turbios, cuando estaba en la plenitud de mis facultades físicas y mi vejiga era capaz de evaporar la orina. Creí que sería interesante tomar la iniciativa y adelantar el inefable placer de la pasividad, desistiendo de la extenuación que produce la furia y de la angustia a la que por lo general conduce la ambición. En el fondo se trataba de disfrutar a los cincuenta años de los placeres sosegados de un hombre de setenta. Era en cierto modo una decisión interesada, una actitud que me permitiese considerar innecesarias las cosas antes de que renunciar a ellas no fuese una decisión, sino una fatalidad o una pentiencia. De algunas batallas que se prevén largas conviene desistir ante de que el triunfo te llegue cando los laureles de la victoria te produzcan urticaria en la frente. Pienso en la II Guerra Mundial y creo que avanzar hasta París a los alemanes a la postre solo les sirvió para hacer más penosa e interminable su retirada. Los franceses lucharon poco en la defensa de su territorio, pero, ¡qué demonios!, como Francia es la patria del racionalismo y ellos son unos tipos muy listos, no tuvieron el menor inconveniente moral en convertir en hospitalidad la ocupación alemana. Y en cuanto a los italianos, que nacieron siendo un pueblo viejo, nos enseñaron en la misma guerra que luchar en primera línea de combate solo tiene algún sentido si en el momento en el que la batalla parece definitivamente perdida, tienes las agallas necesarias para pasarte al enemigo. Como me dijo de madrugada en un garito el ex boxeador Angel Grela, "cuando llevas mucha tralla en el cuerpo y ya solo te queda caer en la lona, lo mejor es tener en el rincón a un manager al que se le dé bien arrojar la toalla". Puede que el desistimiento de la lucha sea en cierto modo el comienzo de la vejez, pero es también el comienzo de esa etapa serena y sin pretensiones en la que a un hombre tener cerca la gloria lo produce menos satisfacción que tener a mano el retrete, igual que cuando éramos niños y no pensábamos que en la vida hubiese nada más importante que llegar caminando hasta donde alcanzase cuesta abajo el reguero de nuestra meada. Así es como pienso ahora. Ya no me apetece correr. Ni huyo de nadie, ni tengo a donde ir. Durante años viví al limite de mis fuerzas, en el ladrido mismo de los mastines, avivando el fuego con sudor, y creo llegado ese momento amargo y a la vez sublime en el que un hombre detiene la marcha, echa la vista atrás y tiene la relativa certeza de haberse relajado por fin en las afueras del fuego, cerca del baño, sentado sobre su propio regazo al final de los perros.
jose.luis.alvite@telefonica.net

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