Hace unos días se cumplieron cuarenta años de la llegada del hombre a la Luna y todos los que seguimos vivos desde entonces recordamos dónde y cómo vimos el acontecimiento en la retransmisión televisada desde Estados Unidos para todo el mundo. Pese a todo, hoy en día, aún hay quien sostiene que aquello fue un espectáculo montado desde unos estudios cinematográficos, porque la desconfianza ante las manipulaciones del poder es tan grande que permite desconfiar de cualquier cosa que nos cuenten. Yo lo contemplé en aquella televisión franquista de un solo canal en blanco y negro, y los comentarios estuvieron a cargo del empalagoso periodista señor Hermida, que pronunciaba las bes como las uves y las uves como las bes cuando decía, muy enfáticamente: "Arriba, arriba, arriba, allá va el Apolo XI" (Y sonaba como: "Arriva, arriva, arriva, allá ba el Apolo XI"). La primera parte de la operación la vi en un café de Carballo con unos parientes, y la segunda, cuatro días después, en un bar de la coruñesa calle de la Estrella, un lugar muy adecuado para presenciar un viaje espacial. A los niños que habíamos leído la novela de Julio Verne De la Tierra a la Luna, el espectáculo de los astronautas Amstrong, Aldrin y Collins nos pareció bastante menos emocionante que el proyecto de llegar al astro de la noche a bordo de un proyectil disparado desde un cañón gigantesco con base en el estado norteamericano de Florida, según lo imaginó el escritor francés. En la ficción, la idea se le había ocurrido al presidente del Gun Club de Baltimore, una sociedad de amantes de la artillería, que bien pudiera ser un antecedente de la Asociación del Rifle presidida durante años por el desaparecido actor Charlton Heston. La novela terminaba sin que supiéramos el destino final de los tres astronautas, dos norteamericanos y un francés, que quedaban en órbita alrededor de la Luna, y los niños que la habíamos leído temimos que a los tripulantes del Apolo XI pudiera ocurrirles algo parecido. No fue así, y todo se desarrolló según lo previsto. Las reflexiones sobre el acontecimiento de hace cuarenta años han sido numerosas en la prensa. El escritor portugués José Saramago recuerda los artículos que escribió entonces para el periódico lisboeta A Capital y dice no haber cambiado de opinión. "No perdamos nosotros la Tierra —escribía— que todavía será la única manera de no perder la Luna". En cualquier caso, yo invito a releer el libro de Verne, por las curiosas y atinadas observaciones que hace sobre el carácter de la gente y de los pueblos. De los norteamericanos afirma que no tienen rival como mecánicos y que en aquel país nacen ingenieros como en Italia nacen músicos y en Alemania, filósofos. La imaginación de Verne anticipó muchas cosas que ocurrieron después.