Si el himno de Dinamarca se puede confundir con el de España y el de Suecia con el de Bélgica (es un decir), se debe a que son perfectamente intercambiables. Y eso cabrea a los patriotas belgas y a los patriotas daneses y a los patriotas españoles, que a su vez resultan difíciles de distinguir unos de otros. Pongamos que un patriota (un patriota de cualquier nacionalidad, no la liemos) abre una nuez y se encuentra dentro una avellana. ¿Se cabrearía? ¿Montaría una manifestación? ¿Fundaría un partido político para combatir a las avellanas traidoras? Qué va. Se estremecería, se asombraría, se extrañaría. Después, llamaría a Iker Jiménez para que lo sacara en la Cuatro. Quizá acudiría al Centro de Vigilancia de los Cultivos, si existe. Finalmente, subastaría la nuez avellanada (o quizá la avellana anuezada) y a otra cosa mariposa.
Pongamos que el patriota del que hablamos, en vez de abrir una nuez, abre una lata de anchoas cuyo interior contiene, sin embargo, mejillones. ¿Saldría a la calle con las banderas y los militares y los obispos para protestar por esa intromisión? ¿Telefonearía a la COPE para denunciar el hecho? Nada de eso. Le haría gracia. Mira tú, una familia de mejillones dentro de una lata de anchoas. Si el patriota tuviera muy mal carácter (lo que a veces coincide) iría a la oficina del consumidor para denunciar el hecho y santas pascuas, aquí paz y después gloria, etcétera.
Quiere decirse que las latas y las etiquetas, como los himnos, son intercambiables y a veces pasa que pones la etiqueta de las sardinas donde deberías poner la de las almejas al natural o el himno de Dinamarca donde deberías poner el de España. Que tras haber ganado un Tour, con todas sus montañas, subas al podio y escuches el himno que no es, debería enseñarnos que vivimos instalados en categorías morales enormemente frágiles, lo que bien visto tiene su gracia. En otra ocasión le pondrán a un atleta danés el himno español: hoy por ti mañana por mí. A lo mejor, el mundo se arreglaba (un poco al menos) si metiéramos todos los himnos en un sombrero y una mano inocente volviera a repartirlos. Yo preferiría que me tocara el francés, pero aceptaría de buen grado cualquier otro. No pasa nada, hombre.