Tiene el hombre una innata vocación de ordenación del mundo mediante la palabra, que es, en la concepción cristiana, atributo divino. El Evangelio de San Juan comienza con un enunciado lapidario y solemne en el que se funden metafísica y lenguaje: "En el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios". Y según el Corán, Dios hizo al primer hombre su lugarteniente en la tierra cuando le reveló el secreto del "velo del nombre" con el que las cosas están cubiertas. De ese modo, el hombre, partícipe del enigma, podrá, cual si lo hiciera a través de la pupila divina, contemplar la desnudez de las cosas, su recóndita esencia.
Pese a esa proclamada condición auroral de la palabra, algunos poetas parecen atribuir a la metáfora una cierta prioridad, a modo de venero del lenguaje; así, recuerda Borges en su Arte poética que para el poeta argentino Leopoldo Lugones toda palabra es una metáfora muerta. Diríase que en Unamuno estaba latente una idea similar cuando invitaba a hurgar y escarbar las entrañas del lenguaje para sacar las metáforas y resucitar así las palabras, o cuando afirma que "las más de las palabras son metáforas comprimidas a presión de siglos". Y si, como Lugones dice, toda palabra es la estela de una metáfora fenecida, ¿de qué material se formó entonces la primera metáfora? ¿Acaso imagina el poeta la metáfora primitiva como una suerte de representación fonética de la cosa nombrada, de la que quedaría luego, como vestigio, una palabra? ¿Cabe imaginar que el hombre primitivo se valiera de signos expresivos cuya función no fuera tanto nombrar como representar y hacer patente la cosa misma?
Afirmar que la palabra es una metáfora muerta, sigue diciendo Borges, es ya una metáfora. Cierto, de gran belleza y de una eficacia sugeridora tal que invita a un ejercicio apasionado de la imaginación, nos sumerge en los arcanos de la biografía de la palabra, en los secretos de su genética, y nos transporta hasta el nacimiento mismo del vocablo, sonido primario con el que el hombre primitivo, con gesto adánico, fue dando nombre a las cosas y a aquellas primeras vivencias que turbaron su entendimiento y conmovieron su espíritu: las estrellas, la tormenta, el mar, el amor, la muerte, la soledad. Y es que la metáfora aparece justamente allí donde el hombre aspira a decir lo inefable. Tal vez radique ahí su germen, y la primera pulsión metafórica del lenguaje corresponda a ese momento arcaico e inaugural del hombre, esfuerzo fonético, primero y virginal, por el que se pretendía que la palabra, o mejor, la representación fonética primitiva, fuera tanto como la cosa misma, que es lo que para la palabra poética quería Juan Ramón Jiménez cuando pedía a la inteligencia el nombre exacto de las cosas: "Que mi palabra sea/ la cosa misma,/ creada por mi alma nuevamente." Ese era, al fin y al cabo, el sentido de la hipotiposis de los griegos o de la evidentia de los romanos: hacer ver, poner la cosa en presencia del lector; es la flagrancia del concepto, de la idea, descrita en la llamarada de la palabra; es la metáfora, que da corporeidad a la palabra y la hace táctil, estructura intelectiva e impresionista a la vez. Ello explica que, por esa capacidad mostradora, la metáfora se revele como singular y apreciado recurso epistémico de que el filósofo se vale para transmitir su mundo conceptual. Y si para algunos el lenguaje figurativo oculta la realidad de las cosas, la metáfora mereció el favor de otros; Kant, por ejemplo, se refiere en la Crítica del juicio a formas de representación simbólica y sensitiva cuyo objeto es hacer perceptible la realidad de algunos conceptos. Platón y Wittgenstein son también ejemplos de utilización de lenguaje metafórico en la exposición filosófica; y, en fin, es de Bergson la idea de que una imagen sugestiva es forma idónea para la expresión del pensamiento filosófico.
Especialmente frondosa y seductora es la utilización de la metáfora en la prosa de Ortega y Gasset; para él era "instrumento mental imprescindible", "forma del pensamiento científico", la transposición, en suma, "de una cosa desde su lugar real a su lugar sentimental"; y cuando veía en la metáfora "la comparación menuda y latente que dio origen a casi todas las palabras", parece situarse en una suerte de concepción similar a la idea de Lugones. Pero la metáfora no es solo instrumento de conocimiento o de expresión filosófica, también es "madre espiritual del lenguaje", por decirlo de nuevo con palabras de Unamuno.
Decir de la palabra que es una metáfora muerta es una imagen de misterioso atractivo. Represéntese el lector la palabra en su estado actual como un cuerpo añejo, cicatriz de una metáfora cuya vitalidad primitiva se habría perdido. Sería el ciclo vital del lenguaje: metáforas que mueren para cristalizar en palabras, palabras que darán, a su vez, vida a nuevas metáforas, y así sucesivamente, como piel del lenguaje que se renueva en una retícula interminable de memorias y evocaciones insospechadas de nuestro cerebro, que acaso sutilmente percibe la presencia de la antigua metáfora, latente en la palabra nueva. Y si así fuera, diríamos, entonces, que en el principio fue la metáfora, la cual, impregnada de la esencia de la idea e insuflando vida en los entresijos y entrañas del lenguaje, habría ido forjando, siglo a siglo, palabra a palabra, el repertorio verbal de una colectividad.