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Áspero y sentimental

Nutria de parafina

Jose Luis Alvite

 22:17  
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Salvo los incondicionales y benevolentes días de la infancia, en los que todo, incluso lo que parecía repetido, ocurría en cierto modo por primera vez, no creo haber tenido nunca una relación afectuosa con el verano. Hace veinte años que desistí de nadar, no porque me cansase de dar brazadas, sino porque, sinceramente, el agua real me resulta más aburrida que el agua falsa del Arte. Escribo con frecuenta sobre Cambados y disfruto conmemorando retrospectivamente el estuario casi uterino del Umia y el agua dorada y anfibia de la bajamar de entones, pero se trata de de una concesión melancólica más que de un sentimiento puntual. Utilizo el mar como estimulante para sentimientos que a veces poco o nada tienen que ver con él. A veces ocurre que me siento con un café y un cenicero en una terraza sobre la playa de A Lanzada, miro al mar y superpongo sobre él los fotogramas de alguna película que me haga más llevadera la literalidad de lo que en realidad estoy contemplando. Digamos que el panorama me sirve de excitante y me produce a veces el mismo efecto que supongo que conseguiría si en lugar de tomarme un café, fumase opio. La verdad es que la imaginación siempre me ha dado mejores resultados que la vista. A lo lejos, en la playa, los bañistas hacen esfuerzos por casi todo. Nadan con esfuerzo, juegan a las palas con esfuerzo, pasean con esfuerzo por prescripción facultativa e incluso da la impresión de que ni siquiera cuando se tumban en la arena consiguen liberarse de la sensación de que la libertad, su libertad, la reglamentaria y estadística libertad del ocio, es un esfuerzo estúpido del que uno solo se da cuenta cuando prescinde de considerar las vacaciones un simple deber, algo que, más que a sus ilusiones, obedece a su agenda. Cuando se trata de un compromiso formal, ningún esfuerzo produce tanto cansancio como la inactividad, del mismo modo que entre los boxeadores es sabido que la mayor extenuación coincide con el final del largo combate, al deponer definitivamente el ardor y la furia, en ese instante en el que incluso puede parecer que están noqueados el árbitro, los jueces y el público. Muchos veraneantes regresan de la playa al final de sus vacaciones con la amarga sensación de no haber disfrutado como esperaban hacerlo, abatidos por la imponderable evidencia de los interminables días de lluvia, con el recuerdo del ruido plural y farragoso de los niños, aplastados inexorablemente por la certeza de que la falsa felicidad del verano en realidad solo les ha servido de pretexto para no considerar un rotundo fracaso el regreso a casa y la inminente reincorporación al trabajo. A lo mejor es que no vale la pena hacer planes y concebir ilusiones, limitándose a considerar los de las vacaciones un simple y rutinario puñado de días en los que lo importante es huir hacia donde sea, romper la rutina del resto del año, sin otro objetivo que cifrar la felicidad en ese breve instante casi de abrevadero en el que alguien corta el pan con las manos pringadas de sardina asada mientras la señora de la casa se mete en el mar hasta las rodillas, se queda ensimismada con los brazos en jarras y tal vez piensa que si todavía fuese joven y bonita, a esas horas estaría echada con indolencia boca arriba sobre la cubierta de un yate, sin nada serio de qué preocuparse, abandonada sin desconfianza y sin peligro a merced de la eunuca y boyante liquidez de uno de esos ricos de toda la vida que solo de vez en cuando desembarcan para jugarse a ciegas en el casino el dinero que les sobra en el lastre del barco. Pero la señora de los brazos en jarras vuelve a la realidad, se toca el vientre como si acariciase una nutria de parafina y regresa al lado de su familia con la rutinaria y natural desmotivación de quien sabe con absoluta seguridad que el veraneo, como la hernia discal, es una cosa que le ocurre a cualquiera... menos al tipo rico del yate, que jamás enferma de las mismas cosas de las que pueda enfermar su mayordomo, ni muere de algo que pronunciado por su médico de cabecera no parezca una jugada de ajedrez o un master en Harvard.
jose.luis.alvite@telefonica.net

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