Proclama una reciente encuesta que los gallegos somos gente de mal vivir desde el punto de vista de la salud, que es lo más importante. No hacemos apenas ejercicio, comemos a la manera de Gargantúa y Pantagruel, bebemos generosamente y dormimos menos de lo necesario. Debiéramos estar ya muertos, pero quiá. Paradójicamente, tan malsanos hábitos no impiden que los vecinos de este reino figuren entre los más longevos de la Península, con una esperanza de vida de 80,4 años que excede la media española.
Tal vez el vicio y la mala vida sean menos dañinos de lo que por ahí dicen. O quizá ocurra simplemente que las típicas encuestas veraniegas –como esta de la Organización de Consumidores y Usuarios– no reflejen otra cosa que las respuestas, no siempre francas, de las personas a las que se interroga sobre sus costumbres. Mayormente en una Galicia donde lo usual es contestar a cualquier pregunta con otra.
Encuestas aparte, no deja de ser verdad que los gallegos propendemos por naturaleza al exceso e incluso al desenfreno en lo tocante al pecado de la gula. El deporte más practicado por aquí es el de las fiestas gastronómicas: unos torneos de orden culinario y vagamente medieval en el que los ayuntamientos compiten entre sí por ver cuál organiza la más descomunal paparota. Ahí están para demostrarlo los más de cuatro mil festines anuales en los que se honra imparcialmente al cerdo del Deza, al pimiento de Herbón, a la patata de A Limia, a los carneros ensartados de Moraña, a la langosta de A Guarda y –en fin- a cualquier especie del reino animal o vegetal susceptible de ser pasada por la olla.
Esas bacanales de probable origen celta –pueblo de bárbaras costumbres gastronómicas- exigen además el adecuado engrase del gaznate con vinos y licores diversos: circunstancia que, a su vez, acrecienta el ya muy ancho hábito de la bebida en Galicia. Bacanal es palabra ahijada de Baco, el dios de los trompas; y acaso ese detalle etimológico refrende la afición de los gallegos al deporte de empinar el codo.
Alegremente organizados en cofradías de tan grave nombre como el Serenísimo Capítulo del Albariño o la Real y Serenísima Orden de la Alquitara de Portomarín, los naturales de este reino se entregan a los placeres del ribeiro, el albariño y el aguardiente a despecho del riesgo que ello pueda suponer para sus hígados. Y el caso es que la mayoría de ellos sobrevive, milagrosamente, a los excesos así culinarios como etílicos con los que cada año se flagelan el cuerpo. O las encuestas no son todo lo precisas que debieran o no queda sino deducir que su larga historia de excesos –incluyendo el antiguo desayuno rural de tocino y aguardiente- ha vacunado a los gallegos contra los nocivos efectos del colesterol, el alcohol y las grasas.
El único vicio en el que no destacamos particularmente, según la tan mentada encuesta, es el del tabaco, adicción en la que sólo cae uno de cada cuatro vecinos de este país que viene siendo el menos fumador de entre todos los de la Península. El detalle no deja de resultar curioso si se tiene en cuenta que Galicia abasteció en un tiempo a los fumadores de toda España con el famoso "rubio de batea" que los contrabandistas traían de Holanda y recriaban con no poco mimo en las plataformas de las rías. Se conoce que además de papadores ejercemos también de "gourmets" hasta el punto de considerar incompatible la comida y la bebida con la pérdida del sentido del gusto que a menudo ocasiona el pitillo. Y puestos a elegir entre Pantagruel y Baco o el tabaco, no hay color.
Glotones, bebedores y poco amantes del deporte –salvo el que se ve desde la grada-, los gallegos parecen demostrar por propia experiencia que la mala vida no es obstáculo insalvable para una vida larga. Si además es ancha en fiestas y banquetes, ¿a quién le importa lo que digan las encuestas?
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