Así pues, y a la vista de cómo hacen los balances, quizá tenga razón algún bromista cuando le sugería a los portavoces de Xunta y Gobierno central que se acompañen, en su publicación, de Manolo "el del bombo". Y es que a falta de rigor en ambos casos, el curioso personaje aporta un toque pintoresco y algo de humor que, en estos tiempos, no está de sobra.
De la Xunta ya se ha dicho que a falta de resultados, para los que aún no tuvo tiempo, abunda en las intenciones. Y como en ninguna mente lógica cabe suponer que sean malas -o, aunque lo fueran, que lo confesara- resulta difícil refutar. Ni siquiera discutir, porque a ver quién osaría, cuando se proclama el deseo de crear sesenta mil puestos de trabajo o dedicar mil doscientos millones a obras públicas, que son herramienta clave para lograrlos.
La cuestión es de dónde sacar el dinero, y sobre eso el señor presidente sigue sin eliminar dudas o, como denuncian sus adversarios, aumentándolas. Es evidente que el modo más seguro de hacer caja consiste en aumentar los impuestos, pero como eso choca de frente con solemnes promesas electorales, don Alberto ha echado mano de lo que parece ya su principal recurso: dejar para mañana lo que no puede hacer hoy, y así anunció que la reducción del IRPF queda para el año que viene. Cáspita.
Ocurre que en esto de los balances siempre hay quien riza el rizo, y el Gobierno central es maestro en las artes del camuflaje, Su delegado en Galicia ha exhibido como ejemplos del buen trato que -según él- Madrid dispensa a este antiguo Reino tres, cada cual más opinable. Sobre todo el de las supuestas inversiones, para cuya suma maneja la memoria oficial que recoge lo previsto pero no siempre lo ejecutado, detalle que habría de corregir para eliminar sospechas.
Ya puestos, acaso don Antón Louro acepte cuán discutible resulta incluir como éxitos un sistema de financiación autonómica que miran de reojo hasta sus compañeros de aquí y sobre el que no se saben ni las cantidades finales. O el acuerdo lácteo, que llega tras varios años en los que la ministra Espinosa ejerció con maestría el tancredismo y que firmó cuando el sector lleva perdidos 120 millones en seis meses.
Es verdad que el verano es poco propicio para la acritud, pero tampoco hay que pasarse de incautos. En todo caso, y para contribuir al buen rollo, sirva la broma de antes: si la Xunta y el Gobierno gustan del bombo, mejor harían en subvencionar a Manolo, que es un experto.
¿O no...?