Uno de los ejecutivos de una entidad privada, que pretendía quedarse con el control de una importante empresa estatal china, fue linchado por trabajadores de esta última tras anunciar su intención de despedir a más de veinticinco mil personas para aligerar la plantilla. Tras golpearlo duramente, los trabajadores lanzaron el cuerpo del infortunado ejecutivo a la calle desde una de las ventanas de la sede social, y después impidieron la entrada en el recinto de la policía y de las asistencias sanitarias para atender al herido. El ejecutivo murió al poco tiempo y el gobierno comunista chino declaró que el proceso de privatización parcial de la empresa quedaba en suspenso indefinidamente. Este trágico suceso no ha enturbiado, por supuesto, el diálogo al más alto nivel entre China y Estados Unidos, que se venía desarrollando en Washington con participación del presidente Obama y el viceprimer ministro Wang Qishan. En otro momento, el desgraciado incidente pudiera haber dado lugar a un reproche escandalizado de toda la prensa y gobiernos occidentales (no es bueno que cunda el ejemplo de tirar por la ventana a directivos de empresas) pero en estos tiempos de crisis hay asuntos más importantes de los que ocuparse. Según ha trascendido, Washington pretende que Pekín fomente su consumo interno para animar el mercado y Pekín quiere que Washington corrija su escandaloso déficit comercial y de garantías sobre la enorme cantidad de bonos del Tesoro norteamericano que los chinos han adquirido en estos últimos años. Los negocios están por encima de todo. La anécdota del linchamiento ha pasado relativamente desapercibida, pero nos permite reflexionar con un cierto alivio sobre lo distintas que son, de momento, las relaciones entre trabajadores y empresarios en España. Aquí, el presidente de la patronal ha propuesto rebajar la cotización de los empresarios a la Seguridad Social en cinco puntos, amén insistir en el despido libre y sin tutela judicial, y nadie lo ha tirado por la ventana más que de forma retórica. El jefe del moderado gobierno socialdemócrata y los moderados sindicatos se limitaron a manifestar su desilusión por la ruptura de un acuerdo que estaban deseando. Y poco más. Pese a todo, la señora Aguirre, esa Margaret Tatcher del PP, le ha llamado al señor Zapatero "sindicalista retrógrado". Según dice esta señora, "los empresarios son los que crean empleo". Se trata de una falacia muy extendida en ciertos círculos. Los empresarios ofertan empleo cuando la coyuntura económica va bien pero lo destruyen cuando va peor, procurando, eso sí, salvar los beneficios acumulados. ¿Para quién trabajaban sino los más de cuatro millones de parados que tenemos? ¿Eran todos autónomos? ¿Trabajaban solo por cuenta de empresas controladas por el Gobierno y los sindicatos?
No digamos tonterías. Y, sobre todo, no nos acerquemos peligrosamente a las ventanas de la crispación social.