No resulta lo que se dice aleccionador, pero es lo que hay. Lo dijo el actor y director cinematográfico y teatral John Malkowich en una entrevista publicada estos días en el diario El País: “Si matas gente, las mujeres te escriben cartas, quieren casarse contigo. Quizás las mujeres piensan que pueden cambiar a los asesinos, que los pueden salvar. Les gustan los hombres amenazantes. Conozco varias mujeres que se divorciaron porque sus esposos eran demasiado buenos, amables”. Aunque alguien pueda sorprenderse, o escandalizarse. y el feminismo más extremista lo considere una obscenidad, el comentario de Malkowich no hace sino reflejar algo que está en la mente de numerosos hombres, y sobre todo, en la de muchas mujeres. Ellas saben que del riesgo de vivir hundida en el tedio de la decencia vale la pena escapar aun a sabiendas de que al final de la escapada te esperan la angustia, la incertidumbre y el peligro. Como me dijo de madrugada una fulana en un burdel, “siempre resulta agradable que te ame un hombre bueno, pero nada hay comparable a la simple posibilidad de que pueda sentir algo decente por ti un hombre perverso, no porque en realidad te tiente sinceramente sufrir, sino, lisa y llanamente, porque en ninguna parte se siente una más a salvo que si está a este lado del peligro”. Según sus propias experiencias, ciertas clases de malicia masculina producen afecto y acaban por desencadenar una especie de dependencia emocional y fisiológica a la que muchas mujeres prefieren no buscarle explicaciones, aunque solo sea para no verse moralmente obligadas a correr el riesgo de evitarla. Aquella vieja amiga del burdel tenía respecto del hombre malo una idea bien expresiva: “No tienes más que aprovechar que duerme para cachear sus bolsillos o meter la mano en su equipaje. Puedo asegurarte que es tan apasionante como hurgar en su alma. Encontrarás papeles que le incriminan en algún delito, cartas de mujeres que le odian con infinito amor, llaves que seguramente ya no dan en ninguna puerta, las fotos de dos adolescente cuyos rostros puede que en la penumbra de la alcoba se te parezcan a las anónimas palmas de sus manos, cosas que hablan de incertidumbre y de peligro, detalles que te alarman pero que no te decepcionan, o al menos no te decepcionan tanto como si en vez de encontrar en su maleta un revólver, descubrieses un puto pijama”. Y llegado ese momento, ¿intentará ella cambiar a ese hombre y orientar sus pasos hacia el buen camino, como supone Malkowich? No lo creo. Puede que finja la sana intención de redimirlo, pero, sinceramente, dudo que ponga demasiado entusiasmo en la tarea. Es más, yo creo que las mujeres que se relacionan con el hombre amenazante lo que esperan es que él se resista y a ella no le quede por fortuna otra alternativa que insistir en su misión cuanto tiempo sea necesario, no porque espere regenerarlo, sino, ¡que demonios!, porque su convivencia con aquel tipo tan perverso le ha servido para descubrir que hay pocas sensaciones tan decepcionantes como que el amor ya la pasión decaigan al remitir el peligro. Eso creo yo que piensa también mi querida Susana Pose, a la que siempre admiré por su idea de que la vida es algo rutinario y tedioso, aunque admirable, que disfrutaríamos más si la afrontásemos con la extraña esperanza de saborear hasta las heces el placer que supondría morir cada pocos días y repetir luego por error los pocos aciertos y caer adrede en los mismos errores, aprovechando la resurrección para sustituir la esperanza por la resignación, estoicos y al mismo tiempo pensativos, como si fuésemos a caer borrachos en una piscina con los bordes de pana y en la que incluso el agua fuese de corcho. No creo equivocarme si afirmo que a una mujer como Susana le temblarían a gusto las piernas si algún día diese con uno de esos hombres amenazantes que estresan el mármol de sus sepulcros, un tipo, ¿eh, nena?, un tipo que te jurase que tú serás en adelante su única ocupación entre medianoche y la muerte, un hombre en el que incluso parezca robado su rostro, alguien que para no hacerte sufrir en exceso, rompiese contigo dejando colgada de madrugada en la puerta de tu alcoba una nota que sería más dolorosa si no fuese porque es ilegible.
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