Revolucionarios a pesar de su vieja fama de conservadores, los gallegos están poniendo patas arriba los tradicionales usos de la mar sin más que meter en el corral a los peces, del mismo modo que antes –y aún ahora- hacían con las vacas. Primero fueron los mejillones, luego los rodaballos, después los lenguados y por último, pero no lo último, un grupo de investigadores de Vigo ha dado el primer paso para convertir en animal doméstico y de crianza a la exquisita merluza.
No hará falta advertir que las granjas marinas en las que incluso se planea la domesticación del pulpo constituyen un avance de consecuencias trascendentales para la industria alimentaria. Si la civilización comenzó hace un porrón de siglos allá por el Neolítico, cuando el hombre abandonó la caza para convertirse en agricultor, algo similar estaría pasando ahora en el mundo marino. Esquilmados los océanos por la pesca a gran escala, parece lógico que sea un pueblo tan marinero como Galicia el que encabece la transición desde la caza salvaje del pescado a su mucho más civilizado y sostenible cultivo en granjas.
Tampoco es la primera ocasión en la que desde este inesperado reino del noroeste se revolucionan las artes de la pesca. Décadas atrás, un grupo de científicos gallegos al servicio de una de las escasas pero muy eficientes multinacionales del país había ideado ya el buque-factoría: un histórico invento que permitió la congelación de los peces en alta mar y abrió así el camino a la socialización del consumo de pescado. Esa misma empresa es la que, hurgando en las entrañas de los océanos, acabó por encontrar en ellos ciertos ingredientes de notable efecto terapéutico para la fabricación de medicinas contra el cáncer. El mar, bien lo saben los gallegos, es un pozo sin fondo de sorpresas.
No contentos con ello, los investigadores galaicos se embarcaron en la tarea de ponerle puertas al mar para la crianza de peces en corrales de agua. El empeño parecía más bien improbable, pero el tiempo ha acabado por darle la razón a una gente de suyo tan terca e imaginativa como la de Galicia. Contra viento y marea –e incluso contra la torpeza de los gobiernos- fueron naciendo en los últimos años gigantescas factorías capaces de producir toneladas de rodaballo, de besugo, de lenguado y demás fauna marina domesticada por la inventiva del hombre.
Casi sin hacer ruido y conforme a los hábitos de discreción que le son propios, Galicia ingresó al grupo de países líderes del mundo en tecnología acuícola. Ayudó sin duda a ese propósito la feliz conjunción de la actividad investigadora con la empresarial, aunque tampoco hay que desdeñar las facilidades naturales que ofrece nuestra dilatada costa y los valles marinos de las rías. Como quiera que fuese, este reino de bajo desarrollo pudo darse el gusto de adelantar –por una vez- a los mismísimos japoneses que durante décadas habían disfrutado la primacía de la innovación en cuestiones de mar y pesca.
Si bien se mira, parece lógico. Del mismo modo que la hoy poderosa industria textil gallega sentó sus bases sobre la tradición de los cientos de pequeños talleres de costura existentes en el país, la acuicultura partía con la ventaja –y la experiencia- de las mejilloneras que pespuntean las rías. Tanto es así que aquí se experimentó incluso con la cría de tabaco en las bateas: un cultivo de probado éxito que permitiría a los contrabandistas plantarle cara al monopolio de Tabacalera en los años dorados del “chollo do fume”. Fue por aquel entonces cuando se creó el célebre “rubio de batea” que acaso haya sido –junto al mejillón- la primera especie con denominación de origen gallega criada en cautividad.
El ciclo revolucionario se cierra ahora, aunque sólo por el momento, con el primer ensayo exitoso de cría de merluzas en granja. Ya sólo nos faltan las ballenas, pero todo se andará.
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