CRÓNICAS GALANTES

No huelgan las palabras

Anxel Vence

 

Veintiséis días y muchos millones de euros después, los trabajadores del metal han vuelto al tajo en Vigo tras suspender una huelga que amenazaba con dejar colgados los futuros encargos de buques, el prestigio del gremio y –sobre todo- la viabilidad de empresas y salarios.
Sorprendentemente, nadie se declara ganador de este pulso: tal vez porque no haya habido vencedor alguno. Las pérdidas se reparten por igual entre empleadores y empleados, aunque bien pudiera haber quien considere que, como en la granja de Orwell, unos son más iguales que otros. Queda, si acaso, una cierta sensación de desgana que parece dar la razón a Ortega: el esfuerzo inútil conduce inevitablemente a la melancolía.
A cambio de nada –salvo la pérdida de salarios y acaso de pedidos-, la huelga ha tenido como principal efecto el de dañar la imagen de la construcción naval: uno de los escasos ramos de producción que venía ofreciendo resistencia a la crisis en Galicia. Podría haber sido peor, naturalmente, si el conflicto hubiera desembocado en una huelga general capaz de paralizar la vital industria del automóvil. Un motor que, incluso en horas bajas y al ralentí, sigue generando el impulso que mantiene en marcha los engranajes de la economía de este reino.
Obstinados hasta el peligroso límite de la testarudez, los sindicalistas dieron a los empresarios –por si hiciera falta- un pretexto para relocalizar en el extranjero parte de su producción y suministros. No sólo actuaron como si tuviesen un plan B, cuando en apariencia no disponían de nada semejante a eso. Peor aún es que en ciertos momentos ofreciesen la sensación de querer emular a los luditas: aquellos radicales británicos que a comienzos del siglo XIX luchaban contra las máquinas y la industrialización, más o menos bajo el mismo principio que llevó al Quijote a enfrentarse con los molinos de viento.
Tarde parecen haber comprendido los sindicalistas que lo que tenían enfrente no eran molinos, sino una variadísima constelación de empresas que incluye desde grandes firmas hasta una multitud de pymes de la industria auxiliar. Muchas de estas últimas tal vez no estuviesen en condiciones de asumir las exigencias que seguramente podrían afrontar las de mayor calado financiero; pero lo cierto es que nadie del otro bando pareció considerar siquiera eso. Y menos aún la necesidad de discernir el grano de la paja para actuar con las apropiadas dosis de realismo que exigía el caso.
Tanta fue la desproporción entre los objetivos de la huelga y su persistencia durante casi un mes que las mentes más suspicaces llegaron a adivinar algún trasfondo de tipo político tras su convocatoria. Aventurada conjetura, desde luego. Cierto es que los sindicatos no tienen nada que ver con los partidos, como todo el mundo sabe: del mismo modo que nadie ignora que por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas. Aun así, costaría trabajo entender que se pusiera en peligro la economía del país y el empleo de los paisanos por torpes motivos de estrategia poselectoral. Mejor será no considerar siquiera la hipótesis de que alguien diese la consigna de buscar en la calle lo que había perdido en las urnas. Entre otras cosas, porque resulta tan difícilmente demostrable como la que hace tres años atribuyó cierta pavorosa oleada de incendios a no se sabe qué venganza del partido derrotado entonces.
Lo que sí parece quedar claro es que la gestión de la huelga –así en sus métodos como en su duración- ha sido manifiestamente mejorable por la parte que les toca a los representantes de los trabajadores. Tal vez los dirigentes sindicales debieran hacer autocrítica antes de que sus representados empiecen a hacerles preguntas. Y es que veintiséis días y muchos millones después, lo único que ya no huelgan son las palabras. Esas que sirven para explicar incluso lo inexplicable.
anxel@arrakis.es

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