A estas alturas, y visto que el de la financiación autonómica no va a ser un camino de rosas, habrá que preguntar -urbi et orbi, además- qué es lo que se va a hacer aquí, si es que se va a hacer algo. Porque tras la reunión de la señora Salgado con don Alberto Núñez, están claras dos cosas: una, que el Gobierno central juega al despiste y que apenas le queda margen tras pactar las cuotas de los más ricos o los más grandes, sean Cataluña o Andalucía.
Lo primero puede sonar fuerte, pero sólo suponiendo el ánimo de enredar para ganar tiempo se puede explicar que en horas veinticuatro pasaran las musas de don Manuel Chaves a un teatro -el de la señora Salgado- donde rigen las reglas de la antigua farsa. La otra hipótesis, la de que no existe un criterio definido en el equipo de Moncloa, provoca aún más pavor: el intento de despiste se puede contrarrestar, pero la falta de rigor es más difícil.
Algunos observadores curtidos han dicho que en el fondo, del episodio de Madrid -y que dio razón a los escépticos tras el de Santiago- lo que late es sólo el deseo de la vicepresidenta de disimular que su fondo de maniobra para la financiación es muy estrecho tras los compromisos del señor Zapatero con sus amigos catalán y andaluz más otros subyacentes con quienes tienen Estatuto reformado y reforzado en lo económico. Algo de lo que tampoco dispone Galicia.
Así las cosas, y con la evidencia de que aquella copla del "tanto tienes, tanto vales" se aplica a rajatabla en los diálogos con doña Elena, a la Xunta le quedan pocas opciones. La primera, lógica, seguir negociando hasta el final, como ya dijo con acierto el señor presidente Feijóo. Y la segunda, sensata, buscarse aliados: lo intentó fuera con otras autonomías, y como no resultó del todo, tendrá que hacerlo ahora con los de dentro, en el Parlamento y más allá, porque cuanto más peso se sume, mejor.
Dicho eso, conviene decir -con el máximo respeto- que el señor Núñez Feijóo debería abstenerse de añadir -y menos aún sin informar previamente a los firmantes- elementos nuevos al esquema negociador que le dio el Parlamento por unanimidad. Evitaría personalizar un eventual fracaso -en el éxito siempre se llevará la mejor parte- y también introducir variables que como el paro -y ayer se comprobó- no aportan beneficios, sino al contrario.
(Hablando de aliados, el más idóneo, por razones obvias, sería el PSdeG, pero habrá que preguntarle antes con qué camiseta jugará el partido.
¿No...?)