De modo que, cumplido el segundo -el primero fue en Moncloa y el tercero lo será con la señora Salgado- de los trámites previos a un posible acuerdo sobre financiación autonómica, no parece que hasta ahora le salgan las cuentas a Galicia. Y, a juzgar por la cara -que a veces es el espejo del alma- de don Alberto Núñez tras su reunión de ayer con el vicepresidente Chaves, el desajuste de las cifras debe ser de aúpa.
Es verdad, desde luego, que el encuentro de Santiago no supone más que un gesto protocolario y que la clave estará en el de las próximas horas entre doña Elena Salgado y el señor Núñez Feijóo. Pero aun así hay ya bastantes datos que aumentan el pesimismo que reflejaba el jefe del Ejecutivo gallego tras visitar en sede monclovita al del Gobierno central. Y como el señor Zapatero anunció que quiere dejar el asunto cerrado como máximo el día 15, tiempo para maniobrar casi no hay.
Queda dicho que la apariencia tras la cumbre de ayer entre los señores Feijóo y Chaves no parece que el horizonte esté despejado, y eso inquieta no sólo a la clase política gallega, sino a la empresarial, que después almorzó con el presidente gallego. Alguien dijo que, en todo caso, el dirigente andaluz no significa gran cosa a la hora de la verdad, y que a quien hay que convencer es a doña Elena Salgado, pero eso tampoco es moco de pavo precisamente.
Algunos observadores que caen a babor fijan su esperanza en la galleguidad de la señora vicepresidenta económica, y esperan que ese factor juegue un papel decisivo, parecido al que se le vio al ministro de Fomento en su encuentro con el titular de la Xunta para hablar de infraestructuras, pero es poco probable. La señora Salgado es menos política, y desde luego menos gallega, que don José, se le vio cuando negociaba las transferencias y no parece que haya cambiado mucho.
Si las cosas siguen como parecen tras las cumbres de Moncloa y Raxoi, a don Alberto Núñez no le va a quedar otro remedio que enseñar los dientes y exigir, de quienes le dieron respaldo en la Cámara para reclamar lo que por ahora no obtiene, que dejen de atar moscas por el rabo, se pongan las pilas y ayuden para crear masa crítica en opinión y ejercer así la presión necesaria. Porque una cosa es la lealtad y otra bien distinta parecer dócil.
Y que nadie se llame a engaño: no se trata de convocar al motín ni de crispar las relaciones entre Santiago y Madrid. Tan sólo de lograr que a Galicia se le dé lo que le corresponde. Ni más, ni menos.
¿Eh...?