Días amargos. Un cuñado mío se somete a una intervención quirúrgica programada y fallece durante el proceso posoperatorio en la UCI de un sanatorio privado. No se trataba de una intervención urgente, ni de perentoria necesidad, pero su confianza en el cirujano (que ya lo había operado hace años en un hospital público) y la recomendación a hacerlo, le decidieron a pasar de nuevo por el quirófano. Por desgracia, las cosas se complicaron impensadamente transcurridas dos horas desde el final de la intervención, hizo una parada cardiaca, salió de ella, hubo que volverlo a operar de urgencia al día siguiente, y acabó falleciendo por un fallo multiorgánico. No es mi propósito entrar a discutir aquí la indicación médica, ni la experiencia del cirujano, ni voy a prevalerme del privilegio de disponer de un espacio en un periódico para un desahogo particular. Pero, como ciudadano, tengo derecho a hacer una reflexión dolorosa sobre la situación de la sanidad en Galicia, sobre su crónico déficit asistencial, sobre el parasitismo de que hacen objeto los intereses médicos particulares a la red hospitalaria pública, y sobre el abusivo sistema de conciertos, que amenaza con ir a más si se cumple ese insensato proyecto del señor Núñez Feijóo de construir un nuevo hospital público en Vigo inmiscuyendo en su gestión a una clínica privada. Por no hablar de la absurda iniciativa de la conselleira de Sanidad de aliviar las listas de espera pagando la factura de las operaciones en centros privados de fuera de la región, cuando es bien sabido que miles de ciudadanos europeos se vienen a residir a España, o aprovechan sus vacaciones, para beneficiarse de la calidad de la red sanitaria pública, la cuarta mejor del mundo según la última clasificación de la OMS. Lo que sí deberían hacer las autoridades gallegas es mejorar y ampliar la dotación de la red pública, retribuirla como se merece, imponer el cumplimiento estricto de la ley de incompatibilidades y de los horarios, y controlar los estándares de calidad de los centros concertados mediante un buen sistema de inspección que garantice que las plantillas están bien dotadas y los equipamientos son los indicados. La salud no es un negocio. Es posible que, para operarse de varices o de almorranas, se pueda ir con una cierta confianza a un sanatorio privado, pero para asuntos de mayor entidad hay que recurrir a los hospitales públicos. Al menos, eso hacen la mayoría de los médicos que trabajan para la privada cuando les afecta a ellos directamente. Comentando datos sobre la salud de la población, el profesor Vicente Navarro decía que en todas partes se confirma el dato estadístico de que los ricos tienen una mayor esperanza de vida que los pobres. Excepto en Cataluña, donde la burguesía prefiere operarse en la privada. Ya hemos visto a donde nos ha llevado el neoliberalismo en su campo preferido de actuación que son las finanzas. No permitamos que destrocen también los servicios públicos esenciales.