Mientras los paganos del común agotan los últimos días para confesar sus pecados a Hacienda y abonar –con gran dolor de bolsillo– la penitencia que les toque, la Agencia Tributaria negocia el perdón de parte de sus deudas al fútbol. Nada nuevo. El Estado viene haciéndolo desde el plan de saneamiento de 1992, pero tal vez le haya faltado algo de tacto en estas fechas tan aflictivas para el contribuyente.
Bien pudiera ocurrir, por ejemplo, que alguno de los particulares a los que el Fisco persigue implacablemente cuando olvidan declarar unos pocos cientos de euros se sienta agraviado por estas prácticas. Tampoco resultaría improbable que las pequeñas empresas ahogadas por la crisis reclamasen el mismo trato que los equipos de fútbol, aunque ellas no metan goles.
Infelizmente, no parece que sus protestas –de haberlas– vayan a tener mucho éxito. Todos ellos son "sujetos tributarios" y basta una breve consulta al catálogo de sinónimos para comprobar que "tributario" equivale entre otras cosas a "vasallo", "dependiente", "subordinado" y "sumiso". Quiere decirse que al contribuyente no le queda otra que mostrarse dócil y pagar el diezmo si no quiere que todas las penas del Estado –incluida la de cárcel– caigan sobre su cabeza.
El fútbol es otra cosa. Hay quienes lo consideran un deporte y quienes un negocio, pero lo cierto es que se trata más bien de una religión con millones de feligreses. Así lo demuestra el carácter estrictamente teológico del vocabulario que se maneja en el gremio de la pelota. Un descenso de categoría, por ejemplo, supone bajar a los infiernos de Segunda, duro trance que sólo se evita mediante el "milagro" de la "salvación" en el Juicio Final que suele coincidir con las últimas jornadas de Liga. Existe además un dios del balompié que premia a los buenos con la gloria de la Champions y envía a los malos a las tinieblas de Segunda: allá donde no brillan los focos ni el oro de las televisiones.
Nada tiene de extraño, por tanto, que Hacienda se contagie de la profunda religiosidad del fútbol y acepte perdonarles sus deudas a los clubes, aunque no haga lo mismo con los restantes deudores. A estos últimos no les queda sino declarar sus pecados en la confesión anual de la renta y cumplir la penitencia que les imponga el Fisco.
Algo parecido ocurre en los tratos del fútbol con la banca, otro de los símbolos visibles de la divinidad en la Tierra. Clemente y misericordiosa, también ella se inclina a perdonar las deudas de los clubes en aprietos, que son casi todos. Y no sólo eso. Una entidad bancaria de las que acaban de ser regadas por el Gobierno con una lluvia dorada de euros prestó el otro día un porrón de millones al Real Madrid para financiarle la compra de un par de aventajados futbolistas. Creían los más ingenuos que esas operaciones se hacen al contado y algunos llegaron a pensar, en su candidez, que el dinero lo ponen de su bolsillo los presidentes de los clubes. Pero acaso no les importe demasiado y se limiten a comentar lo mismo que un bilbaíno le replicaba a otro en el famoso chiste: "¿Sabes que el Guggenheim ha costado 14.000 millones de pesetas?". "Bueno, pero si mete goles…"
Verdad es que los pequeños clientes se quejan porque la banca les ha cerrado el grifo, pero tampoco hay por qué mezclar la religión (es decir: el fútbol) con las finanzas de los particulares. Una cosa es prestarle dinero a un futuro desempleado para que se compre un piso, un coche o cualquier capricho por el estilo y otra bien distinta invertir en un negocio de tanto futuro como el del balompié.
Mimados imparcialmente por Hacienda y la banca, los clubes de fútbol saben que a su deporte –tan teológico– se le aplicará antes o después la máxima del Padrenuestro que aboga por el perdón a los deudores. Si además la parroquia de la grada está contenta, aquí paz y después gloria.
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