La coherencia está muy sobrevalorada, pero debemos aceptarla como una protección darwiniana contra la caprichosa autenticidad, ese crimen. Si fuéramos nosotros mismos, y aunque sólo nos entregáramos a esa sinceridad descerebrada en horario laboral, propiciaríamos la extinción acelerada de la humanidad. Pese a ello, toda alma acaba por sucumbir al impulso irresistible de salir del almario. Ese arranque ingenuo pero nocivo suele coincidir en los varones con la cincuentena. En las mujeres florece a los cuarenta, dada su proverbial precocidad.
Cuando tu mejor amigo esboza un marcial "a mi edad ya no tengo por qué callarme", ha llegado el momento de cambiar de compañía. De no adoptar esta precaución higiénica, te verás sometido a una dieta sonrojante de pronunciamientos definitivos, de salidas de tono y de ridículos en público. Sacar el alma a pasear sin bozal es un riesgo para los viandantes, porque convierte a un ser civilizado en un gañán que se cree propietario de su ego. Todavía recuerdo a mi empresario favorito, con la camisa abierta hasta el ombligo y las cadenas enzarzadas en su pelambrera pectoral, después de haber prendido fuego a la corbata que había anudado a la cintura de su amante. Somos menos interesantes que el rol que nos hemos fabricado con esmero a lo largo de décadas.
Santa Teresa de Jesús pregonaba "cada alma, en su almario", pero su admonición cayó en los oídos sordos de adultos convencidos de que su autenticidad es más rica que su simulación. Esta tentación crea tantas víctimas como la convicción de que las veinteañeras sienten debilidad por vejestorios que les doblan la edad. En cuanto adquiere conciencia de su transitoriedad, el ser humano empieza a avergonzar a sus semejantes. Al sufrir su empeño por vivir cada día como si fuera el último, suspiras para que se cumpla su deseo. Si la vida es una impostura, y hasta Calderón acude aquí raudo en mi ayuda, deberíamos acometerla envueltos en un elegante fingimiento, y no abdicar a mitad de camino.