De modo que, cuando todavía andan los staffs de los partidos en los análisis de por qué en Galicia pasó lo que pasó -y además, dos veces en tres meses-, el informe del CIS que se acaba de conocer va a obligar a los alquimistas de este lado del Padornelo a una revisión de sus conclusiones. Y no es que el Centro de Investigaciones Sociológicas merezca el certificado de infalibilidad, que lleva unas cuantas pifias de bulto en los últimos tiempos, pero aun así su trabajo tiene peso y merece reflexión.
Entre los datos más llamativos aparece uno que rompe viejos tópicos muy generalmente aceptados: que las campañas electorales apenas mueven un porcentaje residual en la intención de voto. El CIS ha concluido que un veinticinco por ciento de los gallegos decidió el suyo en las autonómicas de marzo casi a última hora, y eso quiere decir que al que se confíe en la solidez de su suelo le puede caer el techo encima.
Ítem más: el Centro confirma que asuntos que algunos apuntaron como causa de sus males o razón de su fortuna apenas determinaron, esos sí, una porción relativamente despreciable de los resultados. Y que el coche del señor Touriño casi no influyó, mientras lo otro, el modo de gobernar y el fracaso ante la crisis económica, decidió mucho más. Y eso pone, para muchos, al electorado de este país en una órbita de sentido común y de escasa vulnerabilidad a la demagogia que, la verdad, reconforta bastante.
Y hay otra cosa todavía, que debiera obligar a la oposición a reflexionar sobre sus tácticas de precampaña y su estrategia de ahora: según el CIS, la valoración que los gallegos tienen del señor presidente Feijóo es alta, muy por encima de todos los demás de aquí y de allá. Y como la referencia es de marzo, y aún no ha tenido tiempo para el desgaste, eso equivale a decir que a la mayor parte del electorado le gustaba más lo que decía don Alberto que las monsergas de los demás candidatos. Un aviso a los navegantes.
El contenido del trabajo, que necesariamente debe engullirse muy despacio y probablemente digerirse aún más lentamente, permite algunas reflexiones rápidas sobre el presente y el futuro inmediato. Una, para el PP, que el nivel de fiabilidad de su electorado ha descendido, eso hace más volátiles las mayorías que necesita para gobernar aquí y, por tanto, si quiere pintar en política ha de cuidar el pincel tanto como la brocha gorda. Otra, para el resto: que la venganza -electoral- es plato que se sirve frío; lo contrario de lo que ahora hace.
¿No?