Desconfiado como dicen que somos los gallegos, el presidente Feijóo acaba de acordar con el jefe del Gobierno de España un pacto por escrito sobre los plazos de construcción del tren de alta velocidad a Galicia. Aquí ya nadie se fía de nadie y es natural. Después de que el nuevo ministro de obras públicas admitiese implícitamente que su predecesora en el cargo engañó a los gallegos como a chinos, cualquier precaución es poca.
Ahora hemos sabido que el famoso tren-foguete carecía de documentación, tal que si fuese un inmigrante irregular. Bien podría deducirse de esto que al AVE galaico no sólo le faltaban alas y presupuestos, sino también papeles. Era un perfecto indocumentado y acaso eso explique que no lo dejasen circular por ahí.
Así se entiende que Feijóo haya insistido antes que nada en la cuestión de los papeles durante su primera entrevista con Zapatero, un presidente con fama de dadivoso que siempre tiene una buena palabra para sus interlocutores. Otra cosa son las obras: y sin duda ha de ser esa la razón de que su homólogo gallego le haya pedido que ponga por escrito, negro sobre blanco y a ser posible con cuño y por triplicado los acuerdos sobre el AVE que no acaba de levantar el vuelo hacia Galicia.
Lo malo es que el papel aguanta lo que le echen, como bien sabemos por experiencia los gallegos. Por escrito y en las canónicas páginas del Boletín Oficial del Estado –la Biblia del Gobierno– figuraron en su día, un suponer, los 12.000 y pico millones de euros consignados en el Plan Galicia para resarcir a este reino de la catástrofe del “Prestige” y de las seis o siete mareas negras anteriores.
El acuerdo fue adoptado con gran pompa y circunstancia, además de considerable despliegue de fuerzas antidisturbios, en un Consejo de Ministros que presidió en A Coruña allá por enero de 2003 el entonces jefe del Gobierno José María Aznar.
Una vez publicado el compromiso de gasto en un papel tan serio y oficial como el BOE parecía que por fin los gallegos íbamos a obtener alguna reparación a cuenta de las muchas desgracias marítimas y de otra índole que a menudo nos afligen. Pero no. Bastó un mero cambio de inquilino en La Moncloa tras las elecciones de marzo del año siguiente para que el viento se llevase aquellos papeles. Con ellos volaron también los más de dos billones (con b) de pesetas asignados al famoso Plan, tan pronto la nueva ministra Magdalena Álvarez decidió mandarlos a la “mierda” como mejor destino. En ese maloliente lugar continúan cinco años después.
Ni siquiera esa reciente frustración reduce la ilimitada fe que los hombres (y mujeres) seguimos poniendo en el papel impreso, como bien demuestra el pacto “por escrito” que en materia ferroviaria acaban de acordar Zapatero y Feijóo. La superstición data probablemente de la época de los romanos, cuando el senador Caio Titus largó el célebre latinajo: “Verba volant, scripta manent” que, traducido a lengua romance, viene a significar que las palabras se las lleva el aire, mientras los escritos permanecen anclados al papel.
Tampoco hay que dar por bueno todo lo que digan los clásicos. Ahí está sin ir más lejos el ejemplo de la Constitución, que garantiza por escrito y con la firma del rey el derecho de todos los españoles a una “vivienda digna”. El propósito no puede ser más filantrópico, pero la cruda realidad sugiere que el precio de una casa se rige por las leyes del mercado y a menudo por las de la especulación. Y cuando los derechos constitucionales chocan con la lógica del negocio, ya se sabe lo que ocurre.
Aun así, no deja de resultar confortador que las autoridades competentes pongan por escrito los plazos, fechas y euros necesarios para que el AVE levante de una buena vez el vuelo a Galicia. De momento, serán sólo raíles de papel y no de hierro, como acaso convendría a un ferrocarril. Pero menos es nada.
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