El mariscal de campo ruso Grigori Alexandrovich Potemkim pasó a la historia universal de la política de la simulación, cuando en 1787 organizó para Catalina la Grande un viaje de inspección a Crimea. La Zarina, alarmada por los rumores que le llegaban sobre las paupérrimas condiciones en las que vivían sus súbditos, quiso visitar una de las regiones más apartadas, y pidió a su Primer Ministro, Potemkim, que organizara el viaje. Sin inmutarse, Potemkim se adelantó unos días y dio órdenes estrictas para que a lo largo del trayecto de la Zarina se levantara un gigantesco escenario de bienestar y alegría, que era pura fachada. Sólo se trataba de una escenografía "ad hoc", actores contratados y decoradores para complacer los ojos de la ilustre visitante. De momento, nada cambió en Rusia, pero 130 años después, la acumulada miseria rusa desató la Revolución de 1917, que les costaría la vida a los descendientes de Catalina.
Sin llegar a las consecuencias sangrientas y brutales de la experiencia rusa, mucho me temo que el resultado poco halagüeño para los socialistas españoles en las recientes elecciones europeas, algo tenga que ver con lo que he llamado antes "política de la simulación".
El presidente Zapatero se ha empeñado en los últimos dos años en acudir –a la manera de Potemkim– a cuantos artificios del eufemismo le han venido en mente para ocultar a los ciudadanos la gravedad de la crisis que se nos venía encima. La misma política de simulación con respecto al desempleo, al estado de las instituciones financieras, y a los "los brotes verdes".
La falta de coraje para enfrentar al ciudadano con los problemas reales del país ha sembrado la incertidumbre y el desencanto en los votantes socialistas que no han vacilado en dirigir parte de sus votos hacia el partido de Rosa Díez, cuando no hacia la abstención.
A la mayoría de edad democrática de los españoles no le han pasado por alto las maniobras de distracción del Gobierno ni su terco voluntarismo a la hora de afrontar los más urgentes problemas que padecemos.
Por su parte, el Partido Popular deberá moderar su entusiasmo, aunque razones no le falten para su alegría, pues todavía la jornada es larga antes de las futuras elecciones generales, y cometerían un grave error si extrapolasen estos buenos resultados con respectos a las mismas.
Así las cosas, las elecciones europeas nos han dejado dos verdades irrebatibles: la consolidación del Grupo Popular a nivel europeo, con la correspondiente caída de los socialistas, y el preocupante ascenso de los pequeños partidos xenófobos.
En clave interna lo que me parece más evidente es la llamada de atención al presidente Zapatero de que la ciudadanía requiere del Gobierno más entereza y responsabilidad ante la suma de crisis que nos desborda y que debería poner fin a su ineficaz "política de simulación".