No lo puede remediar. Cuando la vida la trata mal o sufre un bajón que pone sus defensas en estado de alerta, Silvia se tumba en el sofá con una buena provisión de kleenex y se proyecta para ella sola "Memorias de África". Da igual que la haya visto tropecientas veces, no le importa saber que la historia acaba mal, no le preocupa conocer el guión al dedillo hasta el punto de que muchas veces se adelanta a los personajes y recita los diálogos antes de que suenen en la pantalla. Y qué bien le sienta volver a llorar cuando entierran al aventurero que encarna Robert Redford, cuando despiden a la granjera Meryl Streep, cuando el león ocupa con orgullo desafiante la tumba que esconde un sueño de amor eterno. Pero no todo es sufrimiento. Silvia es incapaz de reprimir un leve temblor cuando la pareja de enamorados sube al avión y vuela, vuela, vuela entre nubes libres y se cogen de la mano y la música alcanza su apoteosis de lirismo y coraje, envolviendo dos espíritus libres condenados a encontrarse, condenados a separarse. Y sonríe cuando llega la escena en la que Redford lava el pelo a su amada. Una de las escenas más sensuales de la historia del cine, nadie hace el amor con tanta dulzura como esos dos amantes sin necesidad de unir sus cuerpos: la ternura y el deseo enjabonados con dedos que saben lo que hacen. Alguna que otra vez, Silvia se ha parado a pensar en su amor hacia esa película de amores truncados, aunque plenos mientras duran, y prefiere no concluir que las historias con esa conclusión desdichada ejercen una extraña atracción sobre ella. Porque... vaya por dios, su segunda película preferida es "Doctor Zhivago": otra crónica de pobres amantes separados por las circunstancias, obligados a vagar por un mundo convulso donde sólo su amor inabarcable ponía una nota de sentido y armonía. Su alma se siente muy próxima al dolor infinito de quienes una vez tuvieron la suerte y la maldición de encontrar el amor de su vid. Para perderlo.