En la investigación judicial del caso Gurtel (corruptelas varias en la financiación del PP y enriquecimiento ilícito de intermediarios) hemos pasado de la instrucción exhibicionista, teatral, y mediática del juez Baltasar Garzón a la instrucción discreta y eficaz del juez Antonio Pedreira, del que no hemos visto ni un plano fugaz en televisión ni una sola foto en los periódicos. Un comportamiento insólito en los tiempos que corren, donde algunos jueces compiten en fama y en conocimiento popular con los personajes de la farándula. Ello nos puede llevar a la fácil conclusión de que en España hay dos tipos de justicia. A saber: la que se administra en la Audiencia Nacional, con los llamados "jueces estrella" saliendo a lucir el tipo en los telediarios y en los programas de cotilleo; y la que se administra en otras instancias y tribunales, de cuyas actuaciones sólo podremos saber leyendo los encabezamientos de resoluciones y sentencias. Y en este último caso, siempre que tengamos interés directo en ello o la prensa nos informe del asunto por su interés noticiable. La manía de ponerle nombre y apellidos a la justicia surgió en los primeros tiempos de la Transición como una forma de imitación de la práctica procesal de los Estados Unidos de América, el polo de referencia de los nuevos fabricantes de opinión pública. Entonces, empezamos a oír hablar del juez Gómez, del juez Fernández o del juez García y lanzamos a la fama a unos señores cuya imagen permanecía encerrada en el armario de los juzgados, criando polilla junto con el papel de los expedientes. (Había mucha gente encerrada en los armarios españoles antes de que salieran a tomar el aire de la calle los homosexuales). Por lo que se refiere al caso Gurtel, la instrucción del juez Garzón fue duramente protestada por el PP que acusó al magistrado jienense de promover un escándalo político sin ninguna sustancia penal. Todo lo contrario de lo que ahora ocurre con la instrucción del juez coruñés del que no hemos oído una sola crítica, pese a que sus efectos son todavía mas demoledores para el partido implicado. A expensas de saber lo que puede decidir el Tribunal Supremo sobre esta nueva Filesa, la deriva del caso no me extraña nada. Conozco al juez Antonio Pedreira Andrade desde hace muchos años y además de enorgullecerme con su amistad, lo tengo por una de las personas más buenas, honestas, inteligentes y con más agudo sentido del humor que yo haya conocido. Además de un jurista de extraordinaria preparación y competencia. Cuando ejercía como abogado, en su despacho de la madrileña calle Núñez de Balboa, los libros abarrotaban las paredes y había ejemplares hasta en el cuarto de baño. Antes de ser magistrado del TS de Madrid fue letrado por oposición de varios organismos públicos, profesor de la universidad, y no se cuantas cosas más. De él nunca se podrá decir que es un juez "progresista", ni un juez "conservador", ni un juez "estrella", como se dice de tantos otros. Simplemente es un buen juez , que cumple su cometido con discreción. Un ejemplo a imitar.