En unas elecciones europeas que invitaban al desenfado y al desistimiento –el cliente o votante siempre tiene la razón–, casi ningún país ha experimentado la concentración de voto recogida en España, con un 81 por ciento de los sufragios en manos de PP y PSOE. La extrapolación a unas generales es absurda, pese a los amagos conservadores por exagerar su victoria, pero los comicios parlamentarios españoles se asemejarían a los continentales con mayor fidelidad que en cualquier otro miembro de la Unión Europea. España siempre vota lo mismo, los márgenes entre los dos partidos únicos son menos importantes que su hegemonía. ¿Sería imaginable que los Verdes españoles, presentándose en solitario, alcanzaran el 16 por ciento de los sufragios, como ha ocurrido en Francia con la lista capitaneada por Daniel Cohn-Bendit?, ¿o que el partido en el gobierno, ya sea popular o socialista, se derrumbe hasta el 16 por ciento, porcentaje obtenido por los gobernantes laboristas en el Reino Unido?
Se felicita con efusividad a Rosa Díez por su asalto a la tercera posición entre las fuerzas políticas estatales, cuando no alcanza el tres por ciento de los sufragios. Ocupa la franja del exótico partido inglés que anunció que se negaría a enviar a Bruselas a los diputados que obtuviera, para reafirmar su rechazo a la UE. En los países vecinos, UPyD no alcanzaría ni el sexto puesto entre las candidaturas presentadas. Se incide con razón en las enseñanzas que el PSOE debe extraer de su derrota, pero se olvida que ha obtenido mayores porcentajes que Sarkozy, Berlusconi o Merkel. Casi triplica a los laboristas británicos y a los socialistas franceses, que impresionaron al mundo con Segolène Royal –los asesores de Obama se desplazaron a Francia para documentarse sobre su campaña–. En Europa ha habido listas ganadoras con el 22 por ciento de los sufragios, la mitad de los recaudados por el PP. El disciplinado alineamiento español contrasta con la fama de anárquicos que persigue históricamente a sus habitantes.
Para abarcar la magnitud de la concentración del voto español, ninguna lista francesa ha superado el listón del treinta por ciento en las europeas, a lo largo del último cuarto de siglo. PP y PSOE rebasan ese listón regularmente, una caída por debajo del mismo revestiría proporciones de catástrofe. Incluso la apelación a la transversalidad de Rosa Díez es un guiño al elector, una forma de tranquilizarlo con la sugestión de que no traiciona a los partidos únicos. Tras la infidelidad temporal con UPyD, podrá regresar a la acogedora formación de origen, ya sea PP o PSOE, a condición de que la formación recapacite sobre su actitud en los asuntos de conflicto. Por supuesto, esta temporalidad constituye la segunda mayor amenaza para la pervivencia del partido de nuevo cuño. La primera incertidumbre proviene de la pinza que ejecutarán socialistas y conservadores, para abortar una progresión que incomoda a ambos.
Ni siquiera la frivolización de las europeas –España aporta un siete por ciento de eurodiputados, los mismos que una Polonia a la que dobla en participación electoral– ha propiciado la dispersión del diletantismo. El sistema de los dos partidos únicos tiene repercusiones individuales en el liderazgo. Con un mapa más diverso, Rajoy y Zapatero no llevarían seis años al frente de sus partidos respectivos. La limitación del mercado partidista amordaza la disidencia, que nunca cuenta con un horizonte efectivo donde materializar sus insinuaciones de escisión. Las primarias se contemplan hoy como un espejismo desaconsejable, por los costes en la solidez de un bipartidismo que contrae el número de líderes políticos de relevancia. Rajoy tapona a Rato y Gallardón, que ni en sueños plantearían una alternativa extramuros del PP.
Gracias a la polarización del electorado, el PSOE no ha obtenido el mejor resultado entre los gobiernos de la Unión, pero sí entre los partidos progresistas de relevancia. Al hablar de bipartidismo, Estados Unidos se presenta como un competidor imbatible, pero España ya le aventaja en la consolidación del fenómeno. Los desmanes de Bush han reducido la proporción de quienes se declaran Republicanos de uno de cada tres a uno de cada cuatro norteamericanos. La cuota de los estadounidenses que se proclaman independientes supera ya al número de españoles que votan a siglas distintas de PP y PSOE.