La defensa Berlusconi

Matías Vallés

 23:43  

Cuando la prensa acosa al poder, está cumpliendo la misión para la que fue creada. A la hora de combatir la presión mediática, se ha incorporado al ajedrez político la defensa Berlusconi. Consiste en golpear las fichas del rival antes de efectuar un movimiento, cambiándolas de casilla sin el mínimo respeto por el orden que les había adjudicado el contrincante. Se basa en la mentira con luz y taquígrafos. El presidente del consiglio italiano desmiente hechos flagrantes, se embarca en romances con quinceañeras a quienes aventaja en sólo 54 años de edad mientras protege la familia tradicional, y utiliza a abogados para ensombrecer sus manejos multimillonarios. Una vez desenmascarado, se limita a cargar contra las "togas rojas" que son "un cáncer a extirpar", y a advertir contra la "prensa comunista". Sua Emittenza controla tantos medios que se arriesga a que alguna de sus publicaciones se cuele en su catálogo diabólico.
La mejor defensa Berlusconi es un buen ataque. En ese sistema, las mentiras no deben disfrazarse, sino que han de ser espontáneas y claramente mendaces. Una falsedad disfrazada –la clásica defensa Andreotti, perfeccionada en Francia como defensa Mitterrand– pierde fuelle dialéctico. La opinión pública no sólo debe atender a las invenciones del gobernante, tiene que ser consciente de que le están mintiendo. Esta desfachatez cincela la efigie del estadista, que al burlarse de las acusaciones logra la inmunidad contra ellas. Cuando il Cavaliere ejecuta la defensa que lleva su nombre, la proyecta con una combinación de afectación histriónica y de leyes ad hoc, pues se trata de demostrar la interpenetración de la legalidad y la impostura.
Lo peor de Berlusconi son sus imitadores, aunque puede alegarse que su innovación no se ha aclimatado todavía a poblaciones distintas de la italiana, con una acusada tendencia a colocarse bajo el balcón donde despotrica un personaje providencial. Cuando Dick Cheney pone en práctica la ya famosa defensa de mentir sin divagar, se le vuelve en contra. Sarkozy intenta aplicarla con un lacado de grandeur. En España, Rajoy y Camps ofrecen una versión castiza del dicharachero primer ministro transalpino. Sin embargo, la doctrina de las "togas rojas" y el enemigo mediático ha arraigado en el PP. El maniqueísmo, esencial para la defensa Berlusconi, le libera de ofrecer una explicación coherente sobre los hechos en disputa.
En una aplicación de la defensa Berlusconi en partidas a varios tableros, Rajoy ha transformado la campaña electoral de las europeas en una campaña a favor de Trillo, Bárcenas, Camps y Fabra. Además de fotografiarse generosamente junto a todos ellos, ha formulado la ya famosa invocación "yo creo en ti", destinada al presidente valenciano. La jaculatoria sonrojaría a cualquier destinatario, con independencia de que haya recibido miles de euros en trajes. Según imponen las técnicas berlusconianas, no es una frase democrática, sino más propia de regímenes de caudillaje, con sus adhesiones inquebrantables. En una reveladora aportación psicológica sobre el jefe de la oposición, ni siquiera asume el papel capital que le corresponde en teoría dentro de su partido, sino que rinde vasallaje al líder Camps, al colocarse explícitamente "detrás de ti". El político gallego siempre ha preferido dar la razón a tener razón.
Ni la defensa Berlusconi ni su variante Berluscónez debieran ser tomadas a la ligera. Bromear sobre los fascistas italianos –por utilizar la definición de Umberto Eco sobre la actualidad política de su país– es una larga tradición europea de dolorosas consecuencias. La primera barrera que se interpuso contra las denuncias de corrupción fue la decisión de que los jueces examinaran a los periodistas, pese a que habitan contextos impermeables. La ciudadanía no necesita que ningún tribunal le informe de los riesgos de que una banda mafiosa regale trajes a un cargo elegido por sufragio, con independencia absoluta de que la repulsa consiguiente tenga acogida en el Código Penal. Por recurrir al ejemplo más reciente, Gordon Brown se derrumba en medio de una oleada de corrupción parlamentaria sin traslación penal. La prensa británica se ha limitado a cumplir con su misión, incurriendo en excesos que siempre son menos dañinos y más baratos que los ejercidos desde el poder político.

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