La promesa de “cambio” que hace más de dos décadas llevó a Felipe González a la presidencia del Gobierno ha derivado con Zapatero en una mera mudanza de muebles: o eso parece entender parte de la prensa internacional y probablemente judeomasónica. El caso es cambiarlo todo (de sitio) para que todo siga igual, según los sabios consejos del sobrino del príncipe Serena a su tío El Gatopardo.
Tal se desprende, al menos, de una jocosa crónica difundida días atrás por la agencia Reuters en la que Paul Day comenta el traslado del monumento erigido a Colón dentro de la plaza madrileña que lleva el nombre del navegante. Bajo el título: “España reordena el mobiliario mientras la economía se hunde”, el analista de Reuters muestra su divertido asombro ante la ejecución de obras como el desplazamiento de la estatua del descubridor a cien metros de distancia de donde ahora está situada.
Raros como son estos anglosajones, Day no encuentra particular sentido ni utilidad al corto –pero costoso- viaje de Colón dentro de su propia plaza. Tal vez se equivoque. El almirante no lo agradecerá gran cosa, acostumbrado en vida a navegar miles de millas por el Atlántico; pero sí podrían hacerlo los 65 obreros a los que la mudanza dará trabajo hasta fin de año.
Ahí está sin duda la clave del asunto. Como el propio cronista hace notar, la nueva singladura terrestre de Colón forma parte de las multimillonarias obras del Plan E, con el que el presidente ZP quiere levantarle la paletilla a la alicaída economía española. Zapatero se limita a aplicar, a su manera, las viejas teorías de John Maynard Keynes, aquel economista del New Deal americano que consideraba preferible tener a la gente ocupada en tareas más o menos excéntricas antes que dejarla en el paro.
Esa es la parte buena de la teoría. La mala consiste en que, además de inventar para ellos un trabajo, a los obreros hay que pagarles con dinero de las arcas públicas, lo que acaso contribuya a aumentar la ya notable insolvencia de este endeudado país. Pero doctores tiene la economía que sabrán aquilatar los pros y los contras del keynesianismo en épocas de crisis.
Se ignora a cuántos millones de euros va a ascender la factura por el traslado de Colón, pero eso es lo de menos. Pródigo con el dinero público, Zapatero no ha querido discriminar a nadie, de tal modo que el maná del Plan E caerá equitativamente sobre cualquier otra parte de la Península donde haya necesidad de cambiar un monumento de sitio, pintar un carril-bici, arreglar un parque o construir un puente (incluso si no hay río). Ocho mil millones de euros dan para eso y más.
Bien está que el Gobierno se dedique a cambiar las estatuas de sitio si con ello se consigue espolear la economía y suturar la herida abierta del paro. Más que nada porque el empobrecimiento general del país está obligando también a no pocos ciudadanos a hacer lo propio.
Cuentan efectivamente los jefes de supermercado a quienes la tele indiscreta les pone delante una cámara que ahora es la gente “normal” y no sólo los marginados de plantilla la que empieza a cambiar de sitio –sin pasar por caja- los productos de alimentación desde las estanterías a sus hogares. Y cuando los guardias y encargados de autoservicio hablan de personas “normales” están aludiendo, naturalmente, a las primeras víctimas de la proletarización de las clases medias, abocadas a la penuria por el desempleo que en España es la más visible secuela de la crisis.
Mientras el Gobierno pasea a Colón por su plaza, crece día a día el número de ciudadanos forzados a pasearse por las tiendas en busca de oportunidades y descuidos. Ni siquiera Keynes, con toda su fama, fue quien de imaginar la novedosa y españolísima teoría según la cual basta cambiar las cosas de sitio para que la economía funcione. Tanto da si en la plaza (de Colón) o en el supermercado.
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