De modo que, anunciada en FARO por la señora conslleira de Facenda la posibilidad de congelar el salario de los funcionarios, no había que ser un profeta del Antiguo Testamento para anunciar la reacción contraria. Sobre todo la sindical ya iniciada porque, si bien a nadie de los afectados le gusta la medida, hay quienes la aprovechan para insistir en la cantinela de la reducción de derechos de los trabajadores y otros eslóganes -sólo eso- de su catálogo.
Así que, expuesto con todo respeto a otras opiniones y sin la menor pretesión de pontificar, quizá no estén de más un par de reflexiones. Una, para decir que no hay peor recorte de derechos que la pérdida de empleos, y eso se debe a una crisis internacioal y a una mala respuesta estatal por parte del Gobierno del señor Zapatero. Otra, para recordar que cuando se habló de "apretarse el cinturón" parecía haber quedado excluida una parte de la sociedad que, para la otra, tiene una apariencia de privilegio, y aquí cabe lo de o todos o ninguno.
No se trata, por supuesto, de entrar a fondo ahora en la relación de sacrificios que durante la época de la opulencia económica afrontaron los funcionarios. Hay que afirmar que se hicieron, que su nivel adquisitivo se resintió y que, por tanto, el concepto de privilegio es relativo; pero ese colectivo ha de entender que cuando se tiene empleo y sueldo seguros en tiempos como éstos haya mucha gente que, sin ámimo de perjudicar a nadie, se pregunte determinadas cosas. Y gobernar , o al menos hacerlo como se debe, es pensar en todos, aunque cueste votos.
Algunos observadores alegan, en estos casos, y con razón, que para adoptar medidas así un gobierno ha de tener autoridad moral, además de política. Y, aunque pueda discutirse cuándo la hay, el de don Alberto Núñez ha hecho -al menos en su fase retórica: ya se verá en la práctica, y se verá dentro de poco- lo que debía, que es la proclamación del principio de austeridad como regla y puesta en marcha de planes de reducción de gasto. No es poca cosa, sobre todo si se compara con lo hecho por otros que prometieron en falso algo parecido.
Expuesto todo eso, que como queda dicho es opinable, hay otra reflexión aún: en una circunstancia de bajada de precios -hay quien dice que en el borde de la deflación- la decisión no tiene el efecto de otras épocas, una reducción salarial de facto y por tanto perjudica menos. Disgusta, claro, pero ha de contemplarse desde una perspectiva de emergencia en la que muchos ya viven.
¿O no...?