Nada más llegar al cargo que ahora ocupa, el nuevo ministro lucense de Fomento ha descubierto que el Gobierno del que forma parte estuvo engañando durante los últimos cuatro o cinco años a los gallegos sobre los plazos de ejecución del AVE a esta esquina de la Península.
Tal y como sosteníamos algunos descreídos, José Blanco admite ya que el tren-foguete no llegará a Galicia en la tantas veces anunciada fecha del 2012 y ni siquiera quiere arriesgar un plazo concreto para la ejecución de la obra. Y eso que dispone en su ministerio de un papel que sitúa en el año 2020 el "horizonte" para concluir los trabajos, contra los embustes que tenazmente repetía en sus visitas a este reino la anterior ministra Magdalena Álvarez.
Los pesimistas –optimistas bien informados– ya se conformaban con que el tan mentado tren arribase a Galicia antes de que se cumpla la mitad del siglo, pero Blanco va aún más allá en su cautela. Y hace bien, que con los retrasos de Renfe nunca se sabe.
Cualquiera que sea la fecha, el nuevo ministro se ha apresurado a aclarar que el tren de alta velocidad pasará por su circunscripción electoral de Lugo. Acaso esté en ese detalle, sólo en apariencia anecdótico, la clave que explica cuáles son los procesos de toma de decisiones de cualquier gobierno en España.
Hay gobiernos de izquierda, de derecha, de coalición y mediopensionistas; pero tal circunstancia resulta meramente accidental y poco significativa a efectos prácticos. Más que el color partidario, lo verdaderamente importante es que el ministro de obras públicas sea de Málaga o de Lugo.
Bien lo saben los andaluces, beneficiados por el sevillano Felipe González con el primer tren de alta velocidad de España y una Exposición Universal. Un par de obsequios de no pequeño fuste a los que seguirían años más tarde las nuevas y numerosas líneas de AVE, las flamantes autovías, los puentes y otras mercedes otorgadas a Andalucía por la última ministra malagueña de obras públicas. Por no hablar ya de la etérea "deuda histórica" pagada en dos ocasiones a la Junta andaluza.
Sinceridad no les faltó a Magdalena Álvarez y tampoco ahora a José Blanco. Del mismo modo que la anterior ministra se estrenaba en el cargo mandando "a la mierda" las inversiones del Plan Galicia –anuncio que cumplió a rajatabla–, también ahora Blanco admite la imposibilidad de cumplir con los plazos que Álvarez, Zapatero y Touriño habían fijado como inmutables para la llegada del AVE al noroeste. No se trata de que mintieran y menos en época electoral, por supuesto. Simplemente, habían errado el cálculo o, en el caso del anterior presidente de la Xunta, no habían sido informados correctamente de que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.
Siquiera sea de manera indirecta, el ministro Blanco ha venido a darnos la razón a los malpensados que vinculábamos el desvío de los presupuestos de Fomento a Andalucía con el hecho –aparentemente casual– de que la jefa de obras públicas fuese andaluza y hubiera ocupado con anterioridad un alto cargo en ese feliz reino autónomo.
Afortunadamente para los gallegos, el paisanaje sigue siendo el factor clave en la toma de decisiones según demuestra el cambio de agujas hacia Galicia que Blanco ha dado al tren apenas llegar al ministerio. Ahora el AVE galaico será realmente de alta velocidad (de lo que se deduce que antes no lo era) y a mayores pasará por Lugo.
Parece inevitable deducir de todo ello que no importa tanto el color del gobierno –ya sea rojo, azul o rosa– como la partida de nacimiento del ministro que tiene la llave del caudaloso presupuesto destinado a obras públicas. Malo será, pues, que don José Blanco (antes Pepiño y antes aún Blanquito) no nos arregle a los gallegos la "deuda histórica" al igual que Álvarez hizo lo propio con los andaluces. Quien tiene un paisano –en el Gobierno-, tiene un tesoro.
anxel@arrakis.es