El debate parlamentario sobre el estado de la nación se ha convertido en una inutilidad. Y no creo que, salvo el presidente del Gobierno (que tiene la obligación de escuchar y replicar a todos y sólo sale a aliviar la vejiga en los descansos reglamentarios), nadie tenga el cuajo de asistir a su desarrollo completo durante las dos jornadas que dura, sin desmayarse. El de este año comenzó a las doce de la mañana del martes y se prolongó hasta la medianoche; se reanudó a las nueve de la mañana del lunes; se cerró a mediodía con la intervención del señor Zapatero y todavía hemos de esperar al martes de la semana que viene para que se voten las propuestas de resolución. A una persona medianamente ocupada le resulta imposible seguirlo y ha de conformarse con las fragmentarias informaciones que van soltando los medios. A la hora del pincho puedes ver a algún padre de la patria gesticulando en la televisión de un bar sin enterarte de lo que dice por culpa del ruido, a la hora del café, más de lo mismo, y de vuelta a casa, ya tienes en las emisoras las primeras opiniones sobre quién ganó el debate sin que éste haya concluido ni sepamos las medidas concretas que se van a aprobar. Las prisas de los periodistas políticos por atribuir la victoria al jefe del gobierno o al jefe de la oposición son muy parecidas a las de los auxiliares de los boxeadores en un combate donde no hubo una victoria por KO. Cada cual se apresura a levantar la mano de su pupilo, y aunque éste apenas pueda sostenerse en pie, tenga la nariz tumefacta, y los ojos cerrados por los golpes recibidos, se intenta dar la impresión de que el veredicto final del árbitro le será favorable. Ocurre que aquí no hay árbitro, los espectadores estuvieron ausentes (excepto un selecto grupo de invitados) y cualquier referencia objetiva es imposible. Por tanto, cada cual puede atribuirle la victoria a quien le da la gana y quedarse tan tranquilo porque nadie se lo va a tener en cuenta. En un primer momento, cuando se introdujo esta novedad parlamentaria, mal copiada de los Estados Unidos de América, la gente le prestó alguna atención, pero ahora mismo no ofrece ningún interés. Al menos desde mi punto de vista, se trata de algo muy parecido a un diálogo de sordos. El presidente del gobierno lee el discurso que le han preparado sus asesores, y el jefe de la oposición le contesta con otro preparado por los suyos, sin tener para nada en cuenta lo que le dijo su oponente. Y lo mismo sucede con el resto de los grupos. Del debate de este año han llamado especialmente la atención las ofertas del señor Zapatero para dar ayudas a los compradores de automóviles y regalar ordenadores a los alumnos de 5º de Primaria. A primera vista parece un regalo del gobierno pero a nadie se le oculta que el dinero acabará saliendo de nuestros bolsillos por la vía de los impuestos. Igual que el dinero con el que debemos socorrer a los pobres banqueros y a los pobres empresarios damnificados por la crisis. Algunos le han reprochado al gobierno que haga ofertas propias de una teletienda cuando nos acercamos a los cinco millones de parados sin que se extiendan las medidas de protección social.