Estamos un grupo de amigos de sobremesa en el Pil-Pil, restaurante coruñés que gusta de recrear el recetario clásico, y alguien saca el tema de la final de la Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona, que se juega hoy en Valencia. Uno de los comensales, que vivió los años decisivos de la existencia en la ciudad condal, se inclina a favor de los colores azulgranas, y el dueño del establecimiento, Luis Moya, un ferrolano que trabajó en la orilla del Nervión, manifiesta su simpatía por los rojiblancos. El resto nos mantenemos cortésmente al margen pero se percibe una subterránea tendencia a apoyar al teóricamente más débil que, en este caso, es el equipo de San Mamés. En otro tiempo, un choque entre el Barcelona y el Athletic de Bilbao sería una disputa entre iguales, y pronosticar de antemano un resultado claramente favorable a uno de los contendientes sería un atrevimiento, porque cualquiera de ellos exhibía parecidos merecimientos. Es más, puede que los apostadores dieran como ganador al Athletic, que entonces no sólo era el equipo puntero de España, y el que más trofeos atesoraba en sus vitrinas, sino también el que más adhesiones despertaba en todo el territorio. Era rara la localidad donde no había una peña del Athletic de Bilbao y raro el bar donde no estuviese colgada una fotografía de cualquiera de aquellos legendarios equipos cuya alineación se sabía la gente de memoria. Yo mismo aún puedo recitar de carrerilla la famosa delantera (Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza) que causó asombro a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta del pasado siglo. Zarra, que era el nombre de guerra de Zarraonaindia Jiménez, un afortunado cruce de sangre vasca y gitana, fue el máximo exponente del oportunismo ante el gol, Panizo, la clase excepcional, y Gainza, la sutileza y el toque certero del balón, que ponía donde le daba la gana desde la banda izquierda. Iriondo y Venancio eran el complemento perfecto del quinteto. A esos, ya a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, le siguieron los no menos legendarios Carmelo, Orue, Garay, Canito, Mauri, Maguregui, Arteche, Merodio (o Marcaida) Arieta, Uribe y el eterno Gainza, que seguía centrando con la misma precisión desde la silla de ruedas. Todos los coleccionistas de postalillas de mi época memorizamos mejor esa alineación que los afluentes del río Tajo. Es curioso lo que ocurre con el Atlhetic de Bilbao. Desde que se inició la etapa democrática, y se consolidó el estado de las autonomías, ha dejado de ganar títulos con la misma facilidad que antes y en ese sentido no puede decirse que le hayan sentado bien ni el estatuto de Guernica ni el Plan Ibarreche. Al respecto, Luis Moya recuerda que, cuando él vivía en Bilbao, la ciudad estaba renegrida por la polución pero había mucho trabajo y mucha iniciativa empresarial y aquello era un "emporio de riqueza". La expresión "emporio de riqueza" se empleaba mucho entonces para aludir a la pujanza y al dinamismo de Bilbao. En los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, los jesuitas la citaban con frecuencia. Yo siempre que oigo hablar de un "emporio de riqueza" lo asocio a la capital vasca.