De modo que, digan lo que digan quienes se oponen, la verdad es que el anticipo que con cargo a las ayudas europeas futuras ha decidido el señor presidente de la Xunta para el sector lácteo gallego no sólo es sensato, sino oportuno. Y que además inyectará liquidez a quienes no pueden esperar para obtenerla a que se cumplan los plazos o rematen las soflamas de sus redentores.
El señor Núñez Feijóo, que insiste en sus sabios mensajes de templanza, prudencia y austeridad, no le ha reclamado paciencia a sus conciudadanos, y ha hecho bien; primero porque la de quienes más padecen la crisis tiene un límite, y tratar de alargarlo implica riesgo de estallido y, segundo, porque en el sector lácteo lleva aplicándose por los propios ganaderos desde hace demasiado y es tiempo de compensarles.
Dicho eso, y siempre desde el respeto, parece evidente que la decisión de don Alberto, que ha de aplicar el señor conselleiro Juárez, no es más que una terapia de urgencia y que, por tanto, tendrán que buscar entre los dos y en el campo de sus competencias, otro tipo de remedios que además de reducir el picor, curen, o al menos restañen. Y ésa no es tarea fácil ni tampoco rápida: por eso habrán de echar una mano los sindicatos que, aparte de movilizar a la gente y sacar los tractores a la calle, tienen otras misiones.
Una de ellas -dicha sin intención de indicarles lo que han de hacer, que tal pretensión sería audacia impropia- es la de meter presión no tanto a la Administración gallega como a la española que lleva tocando el clavicordio desde hace demasiado. Uno de los misterios mejor guardados de estos últimos tiempos es el papel de la señora Espinosa en el Gobierno central; ayer mismo, don José Luis Rodríguez Zapatero anunció ayudas para el sector agrario, pero a su colaboradora no se le oyó algún detalle. Y va siendo hora, caramba.
En este punto, y sin que se interprete como una loa incondicional, cumple insistir en que el anticipo de la Xunta a los ganaderos es tanto más útil y oportuno no ya cuanto porque ayudará a mantenerlos con vida económica, sino a ampliar el margen para buscar soluciones de mayor alcance y envergadura. Que no sólo han de servir para que se ajusten precios y producción de la leche y se salve la actividad, sino para que, fijando población, las granjas contribuyan al equilibrio del país y a la mejora de su medio ambiente. Porque ya va siendo hora, la verdad, de que se le reconozca ese papel.
¿No...?