Cuando yo empecé a aficionarme al fútbol, los partidos se iniciaban todos a la misma hora y, durante la mayor parte del año, poco después del almuerzo de mediodía porque entonces no existía la iluminación eléctrica en los estadios y había que aprovechar la luz natural. En pleno invierno, la jornada arrancaba a las tres y media de la tarde y muchos aficionados abandonaban su casa comiendo el postre por la escalera para llegar a tiempo al saque inicial después de coger el tranvía al asalto. Si es que tenían la suerte de encontrar algo donde agarrarse en aquellos vehículos atestados, porque de lo contrario debían caminar hasta el campo de fútbol haciendo la digestión a marchas forzadas. En las ciudades pequeñas, el paseo no era muy largo y en las grandes urbes, como Madrid o Barcelona, salían a la calle unas camionetas desde las que se anunciaba por megáfono que disponían de asientos para los rezagados. "¡Al fútbol, al fútbol!", gritaban los chóferes. El cine español dio cuenta de aquellos sofocos dominicales y recuerdo haber visto una película en la que un Manolo Morán, gordo y asfixiado, comía casi por un embudo lo que le ponía su señora sobre la mesa, mientras agitaba la bandera de su equipo favorito. El fútbol de cuando yo me aficioné al fútbol era un espectáculo asociado al sopor posprandial, al café con leche, a la copa de coñac, al puro, al Dinámico y a las claves del Marcador Dardo. El Dinámico era una publicación de bolsillo con el calendario de la liga, las plantillas de los equipos, los resultados de la temporada anterior, y otros datos de interés para los aficionados. Y las claves del Dardo eran una contraseña publicitaria para saber los goles que se iban marcando en los distintos partidos. Unas veces los calcetines Ferrys eran el Valencia-Betis, y otras, la Real Sociedad-Hércules de Alicante. Había un encargado de mover las casillas del marcador y cuando el hombre se ponía en movimiento la gente se agitaba en espera de la novedad. Los penaltis se señalaban con un punto de color rojo y la expectación por el resultado del lance duraba hasta que se movía la casilla correspondiente. En aquellos tiempos de pobretería general, casi nadie tenía un aparato de radio portátil para seguir el desarrollo de los partidos en otros lugares. Luego, las cosas cambiaron radicalmente. La extensión del uso de los transistores permitió que los aficionados siguieran con la vista el partido al que acudían como espectadores y con el oído el resto de los que se celebraban en otros lugares. Hasta que hemos llegado a la situación actual, de absoluta dependencia de los intereses comerciales de las cadenas de televisión que compraron los derechos de transmisión. Ahora, la jornada comienza los sábados, desde las seis de la tarde a las doce de la noche, sigue el domingo por la mañana, y continúa ininterrumpidamente desde la cinco de la tarde hasta las once de la noche, para rematar hacia la una y media de la madrugada del lunes con la repetición de los goles, los análisis de las jugadas dudosas y las entrevistas con jugadores, entrenadores y presidentes de los clubes. Todo ello, sin mencionar los partidos televisados de otras ligas y los que se juegan durante la semana de las competiciones europeas. La dosis parece un tanto exagerada, pero la gente lo resiste.