Nuestro universo se ve estremecido cada cierto tiempo por plagas, epidemias y pandemias como si de un fatídico "ritornello" se tratara. Quizás se trate de un ejercicio de humildad que se impone a la habitual arrogancia con que los seres humanos se mueven por nuestro planeta.
Lejos de mí pretender hacer una lectura milenarista o profética de la actual epidemia, cuya amenaza se extiende ya por los cinco continentes. Lo cierto es que somos seres mucho más frágiles de lo que en salud imaginamos y estamos expuestos a sorpresivas agresiones de la naturaleza en cualquiera de sus formas, llámense tsunamis, terremotos o plagas de renovadas mutaciones.
También es cierto que con los avances científicos al menos las epidemias bacteriológicas han visto disminuir sus efectos morbosos, que son más eficaces los métodos para detener su expansión y que más pronto que tarde los laboratorios encuentran las vacunas oportunas para preservar la salud.
Desde los tiempos bíblicos en que los pobres egipcios debieron sufrir las diez plagas con que Yahveh castigó su obstinada retención del pueblo judío y hasta la reciente aparición de la llamada plaga porcina, o mexicana, la humanidad no ha dejado de verse asaltada por mortíferas y depredadoras pandemias. Pero también es cierto que los períodos de virulencia de las plagas se han reducido de manera drástica.
Si pensamos en los dos siglos durante los cuales prácticamente la peste bubónica, o peste negra, se extendió por Europa y los dos años de expansión de la llamada gripe española que entre 1918 y 1920 causó cerca de cien millones de víctimas en el mundo, nos damos cuenta de la eficacia con que cada vez se atenúan en el tiempo los efectos de estas pandemias.
Hoy, una vez identificado el virus AHINI, ya se está en condiciones de asegurar la puesta en circulación en pocos meses de la vacuna que la prevenga.
Sin embargo, no todo son alegrías. El dengue hemorrágico, una patología frecuente en los países tropicales transmitida por un mosquito de gran mortalidad entre la población infantil desde la década de los 80, todavía no ha encontrado la vacuna capaz de inmunizar a los millones de habitantes del hemisferio Sur.
En este contexto, recuerdo todavía la ingenuidad con que mi abuela nos advertía contra los brotes epidémicos de entonces: "una bolita de alcanfor entre tu ropa" era la sentencia con la que ella pretendía protegernos de virus y microbios.
Por suerte, hoy sabemos más. Al menos de los países del Norte la eficacia de los sistemas de sanidad pública nos asegura una tranquilidad relativa. En el Sur, sin embargo, a pesar de la existencia de efectivas vacunas contra enfermedades prácticamente erradicadas entre nosotros, todavía aguardan por las dosis de la poliomelitis, la viruela, la malaria, el sarampión o las paperas.
Es evidente, todavía los seres humanos no somos iguales ante la miseria y la enfermedad.