Una noticia vieja es como un vino ajerezado, una mancha de nieve sucia, un antiguo amor inconsumado. Tienen su encanto, desde luego, pero requieren un espíritu sutil, y hasta perverso. Antes una noticia se hacía vieja de un día para otro, si no era rejuvenecida con más información. Ahora las ediciones digitales han cambiado las cosas. Leemos una noticia en la pantalla antes de comer, volvemos a leerla, con más detalles, al final de la tarde, y, cuando al día siguiente abre uno la prensa y se encuentra otra vez con la noticia, el periódico ha perdido el carisma de la novedad, es un papelote que nace ya viejo, como Benjamín Button (pero sin marcha atrás). Es asunto grave, pues las noticias por las mañanas son como el café, un pico para el subidón de arranque. Encima tiene uno la sensación de estar en el mismo día que ayer, con la consiguiente ruptura del ciclo de la naturaleza.