Sabíamos por los censos que uno de cada cuatro gallegos es vaca y ahora hemos descubierto también que uno de cada cuatro emigrantes españoles es gallego. O al menos eso sostiene el Instituto Nacional de Estadística, que en su primer cómputo oficial numera en 383.599 los galaicos que andan por esos mundos de Dios.
A esta cifra habría que agregar aún los gallegos residentes en otros lugares de España, con los que el total excedería los 600.000, o acaso más; pero a esos ya ni los contamos para no caer en la depresión.
Aunque ya sospechado, el enorme volumen de ciudadanos de este reino que viven en el extranjero demuestra lo mucho que nos gusta viajar. Empezamos a hacerlo en el siglo XIX, todavía en tiempos de la navegación a vela, y ya no paramos hasta finales del XX, cuando Galicia alcanzó cierto grado de prosperidad y pudo recogerse por fin sobre sí misma. Durante ese período fueron más de dos millones los gallegos que salieron de su país con destino al otro lado del Atlántico y posteriormente a Europa, en un éxodo de proporciones sólo comparables a las del irlandés y con un grado de dispersión similar a la del pueblo hebreo.
El franquismo, que incluso ideó un Instituto de Emigración para mandar a la gente fuera, atribuía al “espíritu aventurero” de los gallegos su pertinaz manía de hacer la maleta y largarse a Argentina, a Suiza, a Alemania, a Venezuela y, ya puestos, a las antípodas. Y es que hasta en tierras australianas está registrado –allá por Sídney– uno de los tropecientos centros gallegos que puntean de gaita y empanada el mapa del mundo.
Algo de aventurada sí que tuvo la larga emigración de los naturales de este país, aunque los sociólogos y economistas tienden a explicarla más bien por la histórica pobreza de la tierra. Del mismo modo que la crisis de la patata llenó Estados Unidos de irlandeses, la desproporción entre el número de habitantes y los alimentos disponibles en Galicia no dejó a los hijos de Breogán otra salida que la de tomar el portante para buscarse la vida en las antiguas colonias.
Llama la atención, si acaso, que no eligieran como destino otros lugares de la Península de la que este reino forma parte, tal que sí hicieron los andaluces y extremeños instalados por cientos de miles en Cataluña. Se conoce que el paso de las Portillas del Padornelo era entonces un obstáculo mucho más imponente que el liso y ancho Atlántico por el que Galicia se desaguó de población durante el último siglo y medio. Aunque también pudiera darse el caso de que, puestos a viajar, los gallegos decidieran hacerlo a lo grande por vía trasatlántica en vez de limitarse al estrecho ámbito de España, que tampoco en aquellos tiempos estaba para echar cohetes.
Algunos –pocos– afortunados cumplieron el sueño de hacer las Américas, si bien la mayoría tuvo que conformarse, como suele suceder en estos casos, con mejorar sus condiciones de vida o meramente sobrevivir. Pero todo eso pertenece ya al ramo de la Historia más bien que al de presente. La foto estadística que ahora ofrece el censo del INE no hace otra cosa que confirmar el alto grado de envejecimiento de la emigración gallega en el extranjero, con una media de edad más añeja todavía que la de los residentes en este país de jubilados.
Flagelados además por la crisis que azota desde hace décadas a las repúblicas de Ultramar donde se instalaron, los gallegos de la diáspora son ya el último rescol- o de un fenómeno –el de la emigración– que ha llegado a formar parte de los rasgos distintivos de Galicia. Siguen siendo muchos y lo bastante influyentes como para variar en un escaño el resultado de las elecciones en la tierra que dejaron hace muchos años; pero acaso eso sea no más que un espejismo. Salvo que la actual crisis desate un nuevo e improbable éxodo, la emigración ha pasado a ser un asunto para historiadores. Y para que eche cuentas el INE, claro.
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