Durante un mitin en Guadalajara, el jefe de la oposición dijo que el presidente del Gobierno, señor Zapatero, es un "profeta de falsos amaneceres", que es una forma poética de expresar que miente más que habla o promete cosas que nunca podrá cumplir. La frase es contundente y tiene su gracia, pero cabe dudar de que sea fruto de una improvisación suya surgida al calor del entusiasmo partidario. Los políticos actuales (incluido el señor Rajoy, que es uno de los que mejor discursea), no suelen dejarse llevar por la inspiración momentánea ni se entregan nunca a una oratoria desmelenada, y prefieren seguir casi al pie de la letra el guión escrito en colaboración con los estrategas del partido. Lo más seguro es que la frase se haya redactado en una de esa reuniones matinales en las que se prepara el arsenal dialéctico para uso de dirigentes y tertulianos afines. Es decir, el conjunto de ocurrencias y latiguillos que se han de repetir hasta la saciedad para que queden grabadas a fuego en la cabeza de quienes se informan de la actividad política a través de los medios. A esa especie de catecismo permanentemente renovado se le llama en el argot periodístico "argumentario", y aunque la palabra todavía no encontró hueco en el diccionario de la Real Academia, sí ha hecho fortuna en determinados círculos.
"Zapatero es un profeta de falsos amaneceres", habrá dicho uno de los estrategas del PP y al señor Rajoy le gustó la ocurrencia, casi tan cursi, por otra parte, como aquella famosa de comparar a España con una niña repipi a la que había que educar con esmero y enseñarle a hablar en inglés. Yo no soy quien para recomendarle nada al señor Rajoy, pero me atrevería a sugerirle que no la repita. Si quiere explicarnos que Zapatero es un mentiroso y un falso profeta (como decían los fariseos de Jesucristo), díganoslo claramente, pero no recurra a circunloquios. De falsos profetas ya vamos hartos, y de falsos amaneceres también. El último que recordamos duró cuarenta años y al cabo de tanto tiempo ya se desesperaba de que en algún momento empezase a clarear. Cuando José Antonio Primo de Rivera compuso la letra del "Cara al sol" como himno de la Falange, en compañía de Dionisio Ridruejo, Agustín de Foxá, Rafael Sánchez Mazas y otros componentes del lírico Escuadrón de poetas, en la última estrofa se destacaba especialmente que en España empezaba a amanecer. Por desgracia, no sucedió así, el cielo de la convivencia nacional se fue oscureciendo rápidamente y una larga noche de piedra se abatió sobre el país.
El amanecer produce ilusiones ópticas muy peligrosas y resulta imprudente hacer previsiones. "La del alba sería", escribió Cervantes con imprecisa precisión. "Pisando la dudosa luz del día", describió Camilo José Cela una vez que se puso poético. Y aún no hace muchos años José Luis Cuerda, el cineasta ourensano de adopción, dirigió una película de humor que se tituló "Amanece, que no es poco". En la escena final se producía un amanecer extraño en el que el sol salía por poniente, y Sazatornil, que interpretaba a un sargento de la Benemérita, disparaba su pistola al grito de "¡Me cago en el misterio!". Dejémonos pues de amaneceres falsos. Nos traen malos recuerdos.