Está claro que los animales domésticos nos la tienen jurada. Primero fueron las vacas, con su dichosa locura, luego las aves de corral y ahora los cerdos. De la mirada indolente de las vacas (en el fondo una manera de pasar de nosotros), podía esperarse cualquier cosa. De las gallinas lo mismo, su aspecto espantadizo nunca ha favorecido la empatía. Pero, ¿y el cerdo, el animal preferido de los cristianos, que amamos cada víscera, cada despojo, cada hebra de su carne, y hasta usamos su efigie para la hucha en la que guardamos lo mejor de nosotros? ¿Qué les habremos hecho a estos animales para que nos traten así?, ¿cuál será el motivo del oscuro rencor biológico que guardan contra nosotros? ¿No les damos alimento, sanidad, casa, mejora genética y buena muerte?, ¿no cuidamos incluso sus derechos, para que no sufran en los viajes? La ingratitud del cerdo le hace digno de su nombre.