áspero y sentimental

Sudor de piedra

Jose Luis Alvite

 

Dieta pobre en calorías. Guerras de baja intensidad. Orgasmos sin placer. Matrimonios sin boda... Cantantes sin voz. Espías sin secretos. Frutas sin olor. Recuerdos sin memoria... ¿Es que nos hemos vuelto locos? Miro a mi alrededor y es como si hubiese reaparecido al cabo de cien años muerto. La gente que se casa, lo hace con separación de bienes y a veces incluso con separación de cuerpos. Los soldados que ganaron la batalla lloran más que los desdichados que la perdieron. La última vez que me relacioné con una mujer bastante más joven que yo, me dijo que las cosas no eran como antes y que la masculinidad y los instintos cotizaban a la baja, de modo que si quería acostarme con ella antes tendría que demostrarle que no la deseaba. Ni mis pasiones eran las suyas, ni mis cantantes tenían sitio en su lista. Para ella, cualquier cosa que hubiese ocurrido la semana anterior pertenecía prácticamente al siglo XIX. Tampoco tenía interés en mi cultura gastronómica. “No me gusta comer cosas que salpiquen”, me dijo. Le extrañó que no fuese bisexual. “¿Qué hay de tu lado femenino? ¿Es que no te tienta la maternidad?”. Me estaba acorralando. “Tendrías que sentir en tu interior una paridad intersexual, un debate entre tu lado masculino y tu larvada feminidad”, me advirtió, “a no ser que seas un enfermo, quiero decir, uno de esos hombres antiguos que se excitan pensando en las mujeres”. Traté de salir del apuro: “Bueno, a veces doblo la ropa al desnudarme”. “Te falta debate... debate interior, quiero decir. Probablemente tienes una dieta pobre en vegetales. Tienes que luchar contra la embrutecedora pulsión de la masculinidad. Partir un carro de leña en dos horas no dice gran cosa de un hombre. Tendrías que sustituir la coraza por el delantal. ¿Acaso no has sentido nunca la carencia de esa falsa debilidad femenina que tanto ha hecho ultimamente por la redención del hombre?”. Creí ver algo de luz y me lancé de cabeza hacia ella, sin importarme que pudiese tratarse del resplandor de un balazo: “Verás, me vistieron de azul al nacer. En mi mundo había niños y niñas que con el tiempo se convertían en hombres y mujeres. Hasta éramos distintas maneras de mear. Por los misterios de su metabolismo hasta te diría que la mierda de las niñas era rosa. Cada uno tenía su propia fisiología, sus instintos, y actuaba en consecuencia. Los chicos no compartían con sus hermanas el neceser del afeitado ni ellas se depilaban en presencia de sus hermanos. Los hombres éramos como perros y podíamos excitarnos con el esqueleto de cualquier mujer. Estas cosas ahora no se llevan y no está bien visto reconocerlas sin aceptar al instante la condena y sin meter la cabeza debajo de la guillotina, pero así era mi mundo y en cierto modo así soy yo. Si no me interrumpes con tu jodida homilía homeopática, te diré algo más: Eramos tan masculinos y tan vulgares que incluso podíamos excitarnos con el escaparate de una ferretería. Tan masculinos y tan vulgares, amiga mía, que a veces hacíamos daño al tratar de evitarlo. Un hombre producía semen hasta seis meses después de muerto y si alguien te pegaba un tiro y eras un tipo normal, generalmente solo perdías la sangre que te sobraba. Huíamos de lo que no fuese un vicio, un pecado o una simple imprudencia. Un hombre podía curarse a dentelladas la lepra de su propia cara. De mujer a mujer, te ruego que no me interrumpas. ¿Sabes quien era Burt Lancaster? Te hablo de cine, de auténtico cine, del cine que dejaba mejor sabor de boca que las palomitas de maíz. Burt Lancaster era un tipo muy ancho y muy masculino al que tenían que rodarle las espaldas en cinemascope. Aquellos tipos del cine cumplían cuarenta años al poco de nacer y trataban con mucho tacto sus cadáveres por temor a resucitarlos con las incisiones de la autopsia . En las huellas de de Burt Lancaster en el Paseo de la Fama caben cuatro veces las manos de Jude Law, ese muñeco de parafina que de espaldas tanto recuerda a Goldie Hawn. Así eran los hombres de entonces, amiga mía, de hace unos cuantos años, de cuando incluso Joan Crawford tenía que pensar en el Pato Donald para evitar las erecciones. Yo he vivido siempre al día y con arreglo a mis emociones, con una especie de prisa calmosa, convencido de lo absurdo que sería esperar a que estuviese de moda el futuro. Caso de ver venir la muerte, solo me preocuparía encontrar tierra de mi talla. ¿Has visto alguna vez “Perdición”?. Tendrías que renunciar un par de horas al videojuego intersexual y sentarte a verla. ¿Sabes, muchacha?, fíjate entonces en Barbara Stanwyck. Porque en la sonrisa perversa y corrediza de Barbara Stanwyck filmó Billy Wilder la cremallera de los pantalones de Fred Mc Murray. ¿Sabes quien era ese tal Mc Murray? Pues ese tal Mc Murray era el tipo que en “Perdición” pretendía desafiar la sagacidad de Edward G. Robinson. Y antes de que pagues de hombre a hombre tu puta copa y me devuelvas de un plumazo al siglo XIX, te diré que Edward G. Robinson era aquel tipo duro en cuyo rostro incluso era de piedra el sudor”. Zanjamos el asunto y nos dimos la espalda en la barra del bar. Al poco rato ella le preguntó por el baño al barman. Y el barman me miró de soslayo y con disimulada pillería, como si fuese a decirle que en aquel bar todavía no habían inaugurado el retrete para los dibujos animados.

jose.luis.alvite@telefonica.net

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