Los temblores del hombre El caso particular

Albert Cano

19.04.2009 | 02:00

Se cumple estos días, sin demasiado ruido, el XV aniversario de una de las grandes tragedias del siglo pasado: el genocidio de Ruanda. Y coincide con la aparición en castellano de un libro, Queremos informarle de que seremos asesinados con nuestras familias al amanecer, cuyo autor es Philip Gourevitch, director de The Paris Review y colaborador de The New Yorker. Queremos... fue, en su idioma original, de los primeros libros de investigación publicados sobre el holocausto africano, y, a pesar de los ríos de tinta que han corrido al respecto en estos tres lustros, sigue siendo insuperable, una obra muestra del arte periodístico. Leyendo a Gourevitch, uno se reconcilia con esta profesión cercada por prácticas infames, intereses espurios y -última modalidad- hordas de mediocres refugiados en el fondo de reptiles de la Red. Gourevitch consigue persuadirnos de que, a pesar de todas esas lacras, el viejo oficio periodístico, ejercido con honradez e inteligencia, sigue siendo el instrumento más eficaz para acercarse a las complejas verdades de nuestros tiempos. Hace ahora quince años se iniciaba en Ruanda, a golpe de machete, el exterminio de la etnia tutsi por parte de la otra etnia mayoritaria, los hutus. En apenas cien días fueron masacradas 800.000 personas, en un baño de sangre que contó, también, con la ya clásica inoperancia de la comunidad internacional, cuando no con la colaboración cómplice de países como Francia, empeñada en ampliar las fronteras de la Francophonie aun a costa de apoyar y proteger a los genocidas; por no hablar de la actuación vergonzante de la ONU o de quien, hoy, se tiene por uno de los presidentes más progresistas de la historia de Estados Unidos, Bill Clinton. La opinión pública mundial asistió entonces, horrorizada, a lo que se interpretó y vendió por parte de los medios como el definitivo Apocalipsis entre dos etnias tradicionalmente enfrentadas. Gourevitch, con una sabia mezcla de erudición y eficacia expositiva, desgrana lentamente los ingredientes de esta falsedad, demostrando cómo, una vez más, las raíces del drama ruandés arrancan en la brutal política colonial de la antigua metrópoli belga. Al igual que cuando leemos Postales desde la tumba, del bosnio Emil Suljagic, Queremos informarle... nos hace reflexionar también, más allá de cuestiones étnicas, políticas, históricas o geoestratégicas, sobre la insondable naturaleza humana, sobre los oscuros mecanismos que sin duda llevamos alojados dentro de nosotros y que se activan en contextos como el ruandés, el bosnio, el español de la Guerra Civil. Esta semana hablaba de ello con una persona que investigó sobre el terreno, durante años, las violaciones y asesinatos llevados a cabo en Guatemala por el ejército y los escuadrones de la muerte. Tomábamos el enésimo café de una sobremesa inolvidable frente al mar espléndido de Riazor. Ingenuamente, creía yo que alguien como él, después de haber hablado con cientos de víctimas y asesinos, podría al menos intuir qué puede hacer que un hombre tire un bebé al aire para ensartarlo en su bayoneta. Creí que podría tener alguna explicación a tanto horror. Pero no, no la tenía. Nadie, en rigor, la tiene. Y sospecho que siempre, en los aniversarios de Ruanda, de Bosnia, en las realidades actuales de Darfur, esa falta de respuesta, esa oscuridad inexplicable estará siempre en el origen de nuestro desconcierto. En el convencimiento de que siempre, como una pesadilla, igual que los temblores de la tierra, ocurrirá otra vez.

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