España ha vuelto a dejar tirados a sus aliados. Esta vez ha sido en Kosovo y, como ha manifestado el Ministro de Exteriores de Polonia, ya no sorprende a nadie. Ya en Irak nos largamos de un día para otro sin dar tiempo siquiera a que nuestros soldados recogieran sus bártulos. Pero aquello lo decidió un Zapatero pletórico, llevado en volandas por sus amigos del no a la guerra y una calle astutamente manipulada. Esto de Kosovo, en cambio, lo han urdido, en tiempos más complicados, él y su ojito derecho, Carmen Chacón. Entre los dos tomaron la decisión de abandonar Kosovo deprisa y corriendo. No consultaron a nadie. Ninguno de los 800 diplomáticos al servicio del Estado tuvo conocimiento de la decisión. Tampoco se recabó la opinión de nuestra cúpula militar, que algo debería saber de la materia. Para qué, si lo que cuenta es ir parcheando esto de la crisis y no vamos a tener a Garzón dando la barrila todas las semanas, debieron pensar.
Y han vuelto a meter la pata. Tanto, que han conseguido lo que ni siquiera Ahmedinayad o Hugo Chávez han logrado hasta la fecha: sacar de sus casillas al gobierno de Estados Unidos, que se ha mostrado “profundamente decepcionado” por la actitud española de abandonar una misión conjunta de toda la OTAN sin dar mayor explicación ni coordinarse con el resto de aliados. Y el caso es espacialmente grave, porque España tiene todas las razones del mundo para abandonar una región autoproclamada independiente sin amparo en el derecho internacional cuya soberanía, además, ni reconocemos ni debemos reconocer. Pero no se puede proceder de este modo, de manera cobarde y prepotente, sin entender que formamos parte de una comunidad internacional que no olvida este tipo de despechos.
Y lo peor de todo es que a nadie sorprende ya esta enésima metedura de pata en nuestra acción exterior. Es la lógica consecuencia cuando la política de nombramientos de un gobierno se rige por criterios estéticos o sentimentales y no de competencia. La señora Chacón, de quien se ignora a estas alturas un solo conocimiento geoestratégico, fue nombrada Ministra de Defensa por puro capricho. Su nula preparación para ese cargo hacía presagiar problemas en cuanto las cosas vinieran mal dadas. Y la primera la ha recibido en plena frente. De tal modo que ya cuesta acordarse de su ropa inadecuada en los desfiles, de sus discursos lacrimógenos ante la tropa, o de su patriotismo inverosímil, el mismo que la llevó a abanderar la coalición del gobierno tripartito en Cataluña del PSC con los independentistas de Esquerra Republicana ¿Se atreverá ahora a salir a la palestra a dar alguna explicación coherente de algo sin esconderse detrás de los papelitos que, para evitarle el sonrojo permanente, le prepara su gabinete y le transporta su edecán femenino allá donde va? ¿O seguirá quietecita y callada? Quizás mejor así, en aplicación del viejo adagio de que no hay nada más peligroso que un tonto, o tonta, con iniciativa.
Y para papelón, también, el de nuestros pobres embajadores en Washington y ante la OTAN, que fueron levantados de la cama por una llamadita airada de los gobiernos ante quienes están acreditados y no pudieron dar explicación alguna del tema porque nada sabían. En el caso del primero, Jorge Dezcállar, no deja de tener cierta lógica su palmario desconocimiento, al fin y al cabo era director del CNI durante el trágico 11-M y no se enteró absolutamente de nada. Del segundo, Carlos Miranda, extraña más, presumido como es él de sus privilegiados contactos con Moncloa. Queda en todo caso patente el valor que para Zapatero tiene nuestra diplomacia: ninguno. Moratinos, por cierto, debe seguir de vacaciones. Y ya van muchos meses.