Verás, Angel, muchacho, un amigo común me ha telefoneado para decirme que estás en un apuro, algo grave, más grave que otras veces, y que necesitas hablar conmigo. He marcado tu teléfono y salta el contestador. No sé donde diablos vives ahora, si es que has conseguido armar la cama en alguna parte en la que soñar no sea delito, y por lo visto no tienes saldo para telefonearme. Nuestro común amigo no sabe decirme de qué se trata tu problema y me dio a entender que yo era la única persona a la que estarías dispuesto a confiarle un secreto que, según entiendo, podría causarte un daño irreparable si alguien no se repartiese a escote contigo la terrible carga emocional que representa. Haces bien en buscarme, maldita sea, porque para eso están los amigos y porque sabes que íbamos en serio la noche que nos hicimos en aquel garito la promesa de que ocurriese lo que ocurriese en nuestras vidas, el uno estaría siempre al quite de lo que le sucediese al otro, incondicionalmente y sin reproches, dispuestos a compartir el champán y los golpes, la gabardina y la mortaja, a lo mejor, viejo boxeador, porque hemos vivido siempre un poco a la que caiga, no sé, tal vez porque, ¿sabes, viejo tozudo?, tal vez porque hubo en nuestras vidas un momento en el que no sin cierta amargura pensamos que nuestra maldita soledad ya no tenía remedio y llegaría el día en el que ni siquiera sabríamos de alguien que, siquiera fuese por vanidad o por arrogancia, se prestase alegremente a perdonarnos aunque sólo fuese por el humano placer de sentirnos culpables. Pues aquí me tienes, dispuesto a cumplir mi parte en el trato si fueses capaz de ponerte cuando llamo a ese teléfono que según me dicen no utilizas porque no tienes saldo. No esperes al sepulcro para lanzar inútilmente las bengalas, viejo amigo. ¿Recuerdas, Angel, muchacho, que un día me dijiste que de la amistad de alguien a veces se entera uno por el ruido que hace el dinero de su bolsillo igual que por el canto de los pájaros saben los perros ciegos donde está el puto árbol en el que arrimarse a mear? Salvo unos pocos años al principio, cuando en tus puños ponía sus huevos la hembra del dinero y era un buen negocio el dolor, nunca corrieron buenos tempos para ti, lo sé, pero, ¡que demonios!, siempre saliste adelante con la sobrecogedora entereza de alguien que sabía que sus espaldas de boxeador siempre serían más anchas que las espaldas de su cadáver, algo que me consta porque creo conocerte bien y también porque fuiste tú quien una madrugada me convenció de que por dura que a veces resulte, la soledad sirve al menos para elegir las películas, para no discutir el menú y para abaratar las fotos, auque también es cierto que al filo del amanecer se nos echó encima la tristeza y no ofreciste resistencia cuando te eché un brazo por el hombro y te dije que el inconveniente de la jodida soledad era que años después de muertos nadie recordaría habernos visto dormidos y sólo con algo de suerte un puñado de fulanas nos recordarían acostados. Jamás olvidaré tus interminables meses de cárcel por un delito que me consta que no cometiste, y los alucinantes días enterrado en aquel manicomio por una extraña orden judicial nunca escrita. El poco dinero que tenías lo gastaste en telefonearme al periódico desde la cárcel para que removiese el asunto. El teléfono se tragaba tus monedas y la llamada se cortaba sin tiempo para explicarte, como si hubieses telefoneado al cementerio echando un azucarillo en una pecera. Ocurrió después lo de aquella abogada que se acostó contigo y tuvo luego la ocurrencia de chantajearte con la amenaza de una posible denuncia por violación. Fue una suerte que grabases vuestra conversación de aquella noche en tu cama. La cinta magnetofónica me la confiaste para su custodia y todavía la conservo mezclada con la música que solía escuchar de madrugada en el coche. Me cité con la abogada en un pub de Compostela y le sugerí que escuchase la grabación. Rompió a llorar y me rogó que no hiciese uso de ella. Entonces retiré su copa de mi mesa y la puse sobre una mesa a cuatro metros de distancia. Como en el fondo soy un sentimental, consideré su copa resarcida con sus lágrimas, le envié un pañuelo por el camarero y dejé que se fuera de rositas empalada en sus bragas de amianto. No volví a verla. Al cabo de algunos meses supe que ejercía la abogacía en Pontevedra y te lo oculté porque pensé que sus remordimientos le harían más daño que cualquiera que fuese tu venganza. Tardaste mucho en reponerte de aquel infundio y una noche me juraste que te negarías a cualquier sentimiento que te llevase a intimar con una mujer de la que no tuvieses la certeza de que sólo te costaría dinero. Lo tuyo en la cárcel no fue cadena perpetua, claro que no, pero supe que eras sincero cuando una de las veces que me telefoneaste al periódico me dijiste que cuando uno está privado de libertad, daría lo que tiene aunque sólo fuese por la suerte de ver como es la prisión si se la mira por curiosidad desde el otro lado de la calle. De regreso entre la sociedad apalabramos una cita en un club de carretera a las afueras de la ciudad. ¡Joder!,tenías tan buen aspecto, Angel muchacho, que te confesé que mismo parecía que hubieses estado encarcelado año y medio con Sharon Stone en una suite del Beverly Hilton. Pero estas cosas a veces es mejor recordarlas por teléfono, de modo que te ruego que cojas mi llamada. Podríamos apalabrar una cita como las de antes y hablar de nuestras cosas, las buenas y las malas, ya sabes, como hicimos aquella madrugada en la que venías de prisión y te acostaste con una fulana de pago porque ambos sabíamos, ¿eh, boxeador?, ambos sabíamos que en esto de la maldita soledad hay que andarse con pies de plomo y elegir las amistades procurando que recordar su intimidad y su nombre no resulte luego más repugnante que escupir sus pelos.
jose.luis.alvite@telefonica.net