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COCHE ROBADO

JOSE LUIS ALVITE

 

Una de las cosas que se me pegaron de tantos años de nocturnidad fue cierta facilidad para resistirme a la natural tentación del parpadeo. Un lugar fijo al fondo de la barra, la espalda contra la pared y los ojos bien abiertos. La mitad de las estatuas de la ciudad llevaban de pie menos tiempo del que llevaba yo acodado en las barras de los burdeles. Tenía por costumbre ser el primero en llegar y el último en marcharse. A medida que fue pasando el tiempo, el lógico cansancio del novato se fue transformando en el natural estoicismo del experto. Respecto de los tipos más bregados del ambiente, supe que era uno de ellos cuando descubrí que podía contener con la misma facilidad el impulso de matar, la tentación del sexo y las ganas de mear. La madrugada que salí a la superficie en el "pub" Rahid, la de la muerte era probablemente la única experiencia sexual que me resultaba extraña. Arrastraba una mezcla de amoralidad y cansancio, si es que ambas no eran en realidad la misma cosa. Mi ansia de conocer a fondo las dobleces de la vida me había llevado a privarme de dormir y creo que hubo momentos en los que incluso me desvelaba el sueño. Los ojos, bien abiertos, y el corazón, al ritmo pausado, casi cianótico, de un golpe de petanca en un arrozal, sin perder en ningún momento la calma, desentendido del paso del tiempo, escuchando en el pecho el tic tac de un reloj sin agujas. Las fulanas de los burdeles se aprendieron mi rostro y mi dinero, pero por mi resistencia al parpadeo muchas de ellas jamás llegaron a saber si mis ojos tenían pestañas o se trataba de la mirada sin retina de un rostro en cuya expresión hubiese aprovechado el ebanista las molduras de un féretro. Llegué al exclusivo "Rahid" desde un mundo rumiante y fisiológico en el que la eternidad consistía en presentir el cosmopolita tren de Bombay en los crujidos del catre. "Rahid" era un orbe distinto, un cosmos en el que en las manos de las mujeres las joyas tenían más valor que los gestos, un hemisferio emocional concurrido por una sociedad retórica y adinerada que aparentaba cierta confortable felicidad mientras creían tocar la cima del mundo sin caer en la cuenta de que la suya solo podría ser una provinciana posteridad de boutique. Lo primero que pensé al ver a aquellas mujeres y compararlas con mis chicas el arroyo, fue que más que vivas daban la sensación de estar mal embalsamadas, y que los tipos con los que tanto se reían con aquellas epilépticas risas automáticas, en realidad no eran sus pretendientes o sus amantes, sino sus taxidermistas. Ahora que puedo recordar aquello con la indulgente perspectiva que producen las efemérides, casi juraría que en el supuesto de haberse dejado arrastrar por un sórdido desenfreno sexual, en el peor de los casos lo más peligroso que podrían contraer con aquellos tipos tan geométricos sería un virus informático. Desde esa misma perspectiva me pregunto ahora por qué resistí y me hice firme al fondo de la barra del "Rahid". La respuesta me vino dada a tiempo por una de las frases con las que me había adiestrado en los burdeles de la mano del rudo e inteligente Pepe Bahana: "Amigo mío, es la remota esperanza de ganar la que nos distrae del inminente riesgo de peder". Algo en mi interior me dijo aquella madrugada que el tiempo jugaba a mi favor y que mi situación dejaría de ser odiosa y minoritaria tan pronto una de aquellas mujeres cayese en la cuenta de que a menudo es del estiércol de donde le viene su aroma a las flores y sucumbiese a la evidencia de que es de un simple gusano, y no de un álbum, de donde brotan las vistosas alas de la mariposa. Eso pensé y lo cierto es que no me fue nada mal. Como me dijo una fulana en un burdel: "Nada hace tan inolvidable un viaje como acompañar sin rumbo fijo a un hombre que te miente de buena fe mientras conduce al volante de un coche robado"...

jose.luis.alvite@telefonica.net

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