Penumbra de menta

Jose Luis Alvite

 

De todas las mentiras que han concurrido en mi vida, las del cine son probablemente las que más me ayudaron a soportar los inconvenientes de la realidad. Combinado con la música, el cine ha producido en mi espíritu efectos beneficiosos que jamás habría conseguido ayudándome con cualquier sustancia estupefaciente. Tan grande es su influencia que difícilmente puedo concebir una agradable frase femenina sin imaginarla en los labios de Meg Ryan, ni sabría describir el sutil erotismo de una escena en apariencia rutinaria sin recordar la secuencia en la que Robert Redford le enjuaga la cabeza a Meryl Streep en "Memorias de Africa" vertiendo sobre su pelo el agua dactilar de una jofaina mientras el jabón y el sol entornan en falleba sus ojos. Puede que el estilo de Leo McCarey resulte algo cursi y relamido en "Tú y yo", pero después de haber visto unas cuantas veces esa película estoy seguro de que cualquier cambio buscando su mejoría sólo serviría para empeorarla. Sería como limpiar una tapia cuyo interés reside precisamente en las pintadas sobre las que pretendemos pasar la bayeta. Aunque parezca contradictorio, abundan en el cine los ejemplos de que hay ocasiones en las que incluso para hacer una mala película de necesita talento, tanto seguramente como el que se requiere para ejecutar bien una demolición. John Schlessinger filmó "Cowboy de medianoche" con unos cuantas escenas que desajustan el tono general de la película y sin embargo a sus devotos espectadores nos dolería que una reedición se llevase por delante esos pocos errores que sin duda contribuyen a la inmortalización de una obra en la que de nuevo la música de Nilson y Barry sirve de maravilloso tic recordatorio. Alguien me dijo en una ocasión que lo que hace inolvidables algunos besos es el cilicio de su mordisco, igual que a la perduración de muchos recuerdos ayuda sobremanera el rencor, del mismo modo que una mosca en el consomé hace memorable una cena que de otro modo caería para siempre en el olvido. Es fácil acordarse de alguien por la frecuencia con la que renovaba su elegante vestuario, pero también puede ser inolvidable el tipo de cuya personalidad lo que más nos llamó la atención fue la mancha casi floral que lucía en su americana la noche que nos lo presentaron. Son las misteriosas cosas que a veces resaltan al talento cuando parecía que nos distraerían de apreciarlo. ¿Recordaríamos eternamente el rostro de Kirk Douglas si no fuese por la sublime impronta filatélica de ese hoyuelo en su barbilla? ¿Sacaríamos algo en limpio si la remasterización de sus películas hiciese comprensibles las frases del Pato Donald? ¿No constituye acaso una obvia demostración de talento la ocurrencia creativa de que sean sus vegetaciones las que hagan seductora su dicción? Aunque no corren buenos tiempos para que la imaginación artística discurra libre de prejuicios, ¿se atrevería alguien a cribar en el montaje de su reedición la sonora bofetada que Glenn Ford le arrea a Rita Hayworth en "Gilda"? Si eso hiciese, acomodaría el tono de la película al indoloro espíritu de esta sociedad adormecida, pero no serviría en absoluto para que uno desistiese de la idea de que en el cine incluso una bofetada en el transcurso de una disputa sentimental pude unir tanto como un paraguas bajo el aguacero en mitad de una tormenta. Por desgracia, la violencia del cine ha ganado espectacularidad a costa de perder encanto. Se dan besos sin recelo y bofetadas sin frase. La gente necesita salir del cine para permitirse el lujo de soñar. Los muchachos de ahora lo tienen difícil porque nadie les enseñó lo divertido que puede ser aburrirse. Hay chavales que encuentren en la comprensión de una frase más dificultad que para atarse los zapatos. Sólo los desesperados, los pobres y los enfermos comprenden el valor real de la vida, como ocurre en el caso de ese niño oncológico que mientras agoniza en la cama del hospital imagina que la muerte se acercará en silencio y poco a poco, con una penumbra de menta en la que se escuchasen, como un maravilloso garabato, las pisadas dialogadas del viejo acomodador del cine "Rialto".

jose.luis.alvite@telefonica.net

 

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