Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

 

Así pues, con la maquinaria electoral calentando motores y las primeras encuestas echándole más carbón a esas calderas, quizá no estorbe una reflexión sobre algo que, sino en este marzo, podría ocurrir en cualquiera otra ocasión semejante: la de que el gobierno de los tres millones de aquí lo decidan los trescientos mil de allí, entendiendo la división por razones geográficas sobre todo, pero no sólo.
En este punto, y con permiso, conviene decir dos cosas. La primera, que no se trata de negarle a los gallegos de fuera los derechos que le corresponden, pero sí de sugerir que, al igual que otros países -incluso de mayor tradición democrática- se delimiten más los electorales. La segunda, que es tiempo de abrir el debate, aunque no se resuelva en dos meses; ocurre que, si no esta vez, de no darse habrá que insistir en las siguientes y así ad calendas graceas. Y no parece lógico.
Algunas voces prestigiosas han dicho ya que, a la vista del poco interés que el PSOE demostró para arreglar lo que denunciaba en la oposición -la vicepresidenta del Gobierno usó razones de una levedad cósmica para intentar una explicación-, lo menos que podría pedirse es que el escrutinio de los votos se haga a la vez, de forma que el resultado final sea definitivo, a falta tan sólo de las acciones que en Derecho puedan corresponder a cualquiera, aquí o allá, que es otra cosa.
De lo que se trata es de evitar una eventualidad que, a la vista de las cifras -tres cuartas partes de los nuevos votantes están en la emigración-, ya se ha manejado como ejercicio teórico: que los votos de los residentes en el exterior cambien, dos días después, lo decidido por los del interior. O, expuesto de otro modo, que alguien se acueste presidente el domingo y el martes lo haga reducido a jefe de la oposición.
No se trata, claro, de negarle legalidad a esa hipótesis. Lo que se discute es que tenga sentido común. Y tampoco se plantea por considerar a los residentes en el exterior más manipulables que a los del interior - una idiotez a la que, curiosamente, se apunta ahora alguna representante de la Xunta en América-, sino de recordar que son manipulables sus votos, la recogida y envío. O sea, lo que el PSOE denunciaba antes y que ahora -y por lo que se ve-, asume, al igual que otras costumbres. Debe ser porque le conviene, como le convenía al PP.
Habrá que volver sobre esto, pero puede anticiparse otra reflexión: tal cosa, de llegar a producirse, sería políticamente un desastre. ¿O no...?

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