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Memorias de nunca (VII)

José Luis Alvite

 

Ocurre con muchas relaciones sentimentales como con esas historias que no dan mucho de si pero mejoran si mientes al contarlas. En mis relatos del Savoy suelo atribuir a los personajes del club de Ernie Loquasto pensamientos y frases que he ido recogiendo en mis años de nocturnidad. De entre todas, hay una que siempre desee que alguien la hubiese escuchado de los labios de cualquier mujer por la que hubiese sentido algo: "Descubrí que debajo aquella capa de cine y literatura había un hombre evasivo y embustero, pero, ¿sabes?, a veces echo de menos la sinceridad con la que me contaba de madrugada aquellas cosas tan hermosas que jamás nos ocurrieron". Hay otra frase que creo haber escuchado en la boca de una fulana de la que creí enamorarme en un burdel a las afueras de la ciudad y que aunque no me favorece mucho, creo que resulta descriptiva de lo que le sucede de madrugada a muchas personas que llevaron una vida similar a la mía. Persuadida de que la nuestra era una historia equivocada y condenada al fracaso, me dijo: "Es probable que lo nuestro nos deje mal sabor de boca, pero personalmente tengo la esperanza de que me recordarás con cariño cuando pasados algunos años tu memoria me confunda con otra mujer". ¡Cuanta grandeza produce la angustia! Ni ella ni yo éramos ya unos chiquillos y hasta puede que solo la muerte tuviese en aquel ambiente más experiencia que nosotros, pero, ¡que demonios!, ambos sabíamos que no hay como el apuro de un naufragio para aprender a nadar. A cierta edad las experiencias de la madrugada sustituyen en nuestra mente la esperanza, por la resignación, y si uno está atento, hasta puede surgirle ese puntito de escéptica lucidez que ayuda a convertir el dolor en literatura, y el rencor, en recuerdos. Como me dijo otra fulana en otro burdel, "Llega un momento en el que la vida se convierte en un viaje a bordo de un tren con las ventanillas tapiadas, ¿sabes, cielo?, un viaje en el que lo único que tiene verdadero sentido es preguntarse cuantas estaciones faltan para pasar de largo". Es en esa mórbida acumulación de elegante tristeza femenina donde he ido recogiendo los apuntes que me sirvieron luego para transformar interesadamente mis fracasos en estimulantes experiencias. Es así en mi vida desde hace ya unos cuantos años y creo que la única evolución posible es adoptar la actitud del tipo escéptico que se abriga a medianoche de la tormenta en el portal de la funeraria sin otra expectativa que esperar pacientemente a que empeore el tiempo. Mis chicas del arroyo sufrieron conmigo y conmigo aprendieron en algunos casos a dar por bueno que el viento que se lleva las flores tenga la consideración de dejar para un poco más tarde el arrastre de su aroma. "Lo malo de tanto maldito fracaso, y de tanta soledad, es que ya ni siquiera tenemos quien nos devuelva el correo", me dijo Mónica aquella madrugada en un club de carretera cerca de Padrón. Yo le dije que las cosas eran como estaban y que no valía la pena darle vueltas al asunto. Si queríamos que aquella noche resultase memorable tendríamos que aceptar que la sinceridad solo es inolvidable si produce dolor. Para estar a su altura le contesté que en gente como nosotros el sobrepeso del amor solo sirve para pagar exceso de equipaje en los aviones y que así como los grandes hombre y las grandes mujeres se unen para entrar juntos en los libros de Historia, nosotros tendríamos que conformarnos con acabar unidos por el estupor del sueño en el periódico de ayer. Eddison había inventado la luz eléctrica pero nosotros jugábamos en las divisiones inferiores y tendríamos que conformarnos con aprovechar a dentelladas los apagones. Mientras yo saldaba la cuenta con el barman, ella me subió el cuello de la gabardina, puso una mano abierta sobre mi pecho y dijo: "Supongo que algún día escribirás de mi. Si eso ocurre me gustaría que dijeras que conociste de madrugada en un club de carretera a una de esas mujeres que te dejan intacto el corazón pero te cambian la letra"... (A María Dolores Rivera Díaz)
jose.luis.alvite@telefonica.net

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