Memorias de nunca (III)

JOSÉ LUIS ALVITE

 

No digo que no convenga profundizar en las relaciones sentimentales, pero, sinceramente, en mi caso particular ahondar en el alma de las personas por lo general sólo me ha servido para echar de menos la superficie, como un buzo que mediada la inmersión se quedase sin aire. Me ocurrió con muchas mujeres lo que con los trenes de las postrimerías de mi infancia, que me perdieron interés cuando por culpa del progreso la Renfe les suprimió el humo. Ya sé que suena vulgar y hasta puede que lo sea, no digo que no, pero meterse a fondo en el alma de una mujer puede resultar tan desmitificador de las esencias femeninas como descifrar los marinados secretos de su higiene. Por otra parte, ¿qué hay de malo en quedarse con la simple apariencia? ¿No es acaso a menudo la publicidad lo único verdaderamente interesante de algunos viajes? Se suele decir que el matrimonio es útil para consolidar el amor. No estoy de acuerdo. La experiencia me dice que prolongar una relación hasta dar con ella en santo matrimonio sólo sirve en realidad para echar de menos los días del noviazgo, cuando todo parecía probable aunque nada fuese seguro, aquellos días, ¿recuerdas, colega?, aquellos días en los que incluso las tumbas del cementerio eran para ella y para ti la última fila del cine, y la muerte, el acomodador. La prolongación de las relaciones no hace sino atentar contra su porvenir. El segundo beso todavía recuerda el sabor del primero y lo conserva unos cuantos besos más, pero al cabo de dos o tres años lo que se recuerda de un beso, amigo mío, no es la agradable pulpa de la pasión, sino el mal aliento de la cena. Mi primera novia fue una chica de calcetines. La conocí dando un paseo por la Alameda de Compostela. Estaba sentada con una amiga en un banco verde y yo me acomodé a su lado. Le dije algo, no recuerdo qué. Nada memorable, supongo. Me sorprendió que la chica de los calcetines me hiciese caso. Yo no era nada del otro mundo; ella, tampoco. Si no fuese porque nos movíamos, nos habrían cagado las palomas. Ahora que lo pienso, creo que si nos abrazásemos, con lo torpes que éramos, aquello habría parecido una pelea. Dije cualquier tontería y ella rió. Éramos unos ingenuos. Ni ella me gustaba a mi ni yo le gustaba a ella, y sin embargo, le pedí cita para el día siguiente y aceptó. Supongo que estábamos receptivos y habríamos aceptado una cita para ir al cine con una estatua. Salimos mes y medio y compartir su paraguas bajo la lluvia fue lo más cerca que estuvimos de acostarnos. Un día decidí faltar a la cita. Me encontré con ella en la calle y nos saludamos como si nada hubiese ocurrido, como dos trenes que se cruzan para que ocurra algo en el paisaje. No había atracción física y pensé que profundizar en su alma yo solo lo habría encontrado interesante si el cierre de su alma coincidiese exactamente con los botones de su blusa. Seguimos cada uno su camino y no volvimos a encontrarnos. Como en el fondo lo nuestro no había sido nada sexual, pensé que aquel fracaso podría considerarse el resultado de una indiferencia platónica, una agradable decepción, como si en la inquietante biopsia de colon la sospecha de cáncer se hubiese quedado en unas simples lombrices. Éramos demasiado jóvenes. No sé si sería distinto en su caso, pero para mi el sexo era entonces un misterio casi insondable, un asunto peliagudo para cuyo tratamiento me creía tan poco preparado como para la pesca con mosca. Suele decirse que la primera relación deja una huella indeleble. No es mi caso. Aquel noviazgo platónico fue de poca utilidad en mi vida. Lo recuerdo con cariño pero se trata de un asunto cuyo valor biográfico es irrelevante. Pensar que aquel fue el comienzo de mi tenaz afición a las mujeres sería tan absurdo como creer que un poco de lechuga con tomate puede derivar en una sólida vocación de ingeniero agrónomo. Eran otros tiempos. Cuando uno se echaba novia, se apresuraba a grabar el nombre de ella y el propio en un corazón hendido a navaja en el tronco de un roble. Nosotros no hicimos nada parecido. Para la consagración de algo tan trivial no habríamos encontrado un árbol tan delgado en todo el parque. Ella se echó luego un novio de verdad que sufría y le prometía cosas; yo, por mi parte, volví a la cruda realidad y en verano tuve un lío de faldas con una fotografía de Mammie Van Doren, una actriz de cine muy carnosa y muy rubia con la que me di unos cuantos revolcones en la ducha. Lo mío con Mammie Van Doren prometía mucho y habría salido bien si no fuera porque debajo del agua de la ducha su fotografía resistió menos que el jabón. Pero he de reconocer que aquella experiencia me fue de gran ayuda. Lo mío en la ducha con aquella señora a doble página no elevó mucho mi autoestima, ni me aficionó a la lectura, pero he de reconocer que mejoró sensiblemente mi higiene.
jose.luis.alvite@telefonica.net

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