Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

11.12.2008 | 00:00

De modo que, ahora que se aproximan las elecciones, quizá no esté de más que los partidos se pongan de acuerdo en fijar unos cuantos criterios y así eliminar algunas dudas que enturbian el ambiente. Se lograría, aparte de más claridad -algo que siempre viene bien- en los debates, reducir los líos dialécticos hasta que ocupen el mínimo tiempo posible y se habilite el máximo para exponer ideas y contrastarlas de forma que, además de vencer, logren convencer a los ciudadanos.
Uno de los asuntos que más broncas genera es el de los votos exteriores y los viajes que supuestamente para conseguirlos, organizan el PSOE y el PP. y a los que sin duda se sumará pronto el Bloque, ahora que es organización de gobierno. Todos se acusan de que las giras son electoralistas y como tales las denuncian, aunque nadie las excluya de sus agendas y, además, supongan un cierto menoscabo -peligroso- de la inteligencia de los visitados.
Pero esa polémica tiene otro efecto colateral negativo: daña la imagen institucional de quienes viajan e incluso sus legítimos objetivos oficiales. De ahí que se reclame un modo operativo para distinguir unos de otros que, dicho sea de paso, es lo que en algún momento llegó a plantearse en sede parlamentaria gallega, aunque como tantas otras veces la idea quedó sin desarrollar pese a que todos habían admitido su utilidad y su conveniencia
Y como para muestra basta un botón se puede citar el caso protagonizado -ayer mismo- por la señora conselleira de Educación, que acudió a la Cámara para explicar, motu propio, su reciente estancia en Argentina y la firma de convenios con las autoridades de esa República. Hizo lo que debía -yendo y dando cuentas- pero los destinatarios de su gesto optaron por hacer electoralismo ellos mismos acusándola de "gira turístico-partidaria". Vaya.
Respetando otras opiniones, da la sensación de que los portavoves del PP y del BNG querían atrapar moscas por el rabo, y por eso enfocaron a doña Laura, que es una de las personas más serias y capaces del gobierno. No tiene, como es natural, el don de la infalibilidad, pero en estos años presenta un balance que para sí querrían algunos de sus críticos; y con ese perfil de sensatez casi nadie la ve en el papel de agitadora de masas emigrantes en busca de sus votos a costa de lo que sea.
La moraleja -con perdón- resulta evidente: hay que habilitar un método que permita distinguir a los/las farsantes de quienes no lo son. Aunque no siempre sea una tarea fácil. ¿Eh?

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