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Los naufragios

Javier Sánchez de Dios

 

Uno de los datos más llamativos de cuantos se desprenden de las tragedias marítimas es el relativo, y fugaz, eco que despiertan a pesar de que suelen saldarse con cifras terribles de víctimas mortales. Da la impresión de que la sociedad toda, y desde luego el sector, asume como inevitable ese tipo de accidentes y, a la vez, sus efectos; como si formara parte del oficio y por lo tanto, uno de tantos gajes que conlleva.
Y, a pesar de todo, no es así, y si lo fuera no debería aceptarse. Es verdad que la pesca se tiene por profesión de riesgo, y que por sus características produce en caso de incidente grave, muchas víctimas. Pero también lo es que en este último decenio la frecuencia de los sucesos en el mar ha resultado insólita y además los naufragios han tenido lugar en circunstancias especiales, aparte de que algunos afectaron a buques no muy antiguos y con tripulación de experiencia reconocida.
Y hay un dato peor: varios de los casos han tenido poca y mala explicación, más allá de la meteorológica, el riesgo inducido de salir al mar y los imponderables. Se han denunciado fallos en los equipos, reiterado la necesidad de analizar la posibilidad de establecer prohibiciones para faenar en caso de muy mal tiempo, insistido en el debate sobre el diseño de barcos y profundizado en la urgencia de profesionalizar aún más la estructura de salvamento y alertas.
Y todas esas cosas son, en verdad, bastantes como para argumentar la necesidad de una reflexión. Incluyendo otro dato que es también preocupante y en el que se ha incidido alguna vez: la falta de información detallada y pública sobre las investigaciones abiertas en todos y cada uno de los naufragios habidos. Sobre los que puede que se hayan dicho cosas a los especialistas, pero no a todos los demás, que tienen derecho a saber siquiera por lo que sufren al conocer las tragedias de pescadores y familias.
Algunos especialistas, poco sospechosos de buscar notoriedad en los sucesos, han expuesto en estos días algunas dudas sobre lo ocurrido, e insistieron en cuán necesario es un gran debate acerca de las condiciones de trabajo en el mar, los requisitos que se exigen para ejercer la actividad a bordo, desde los turnos hasta la forma de retribución, que a veces influye en todo lo demás. Y tampoco se les ha atendido, ni desde la patronal, ni desde los sindicatos ni, sobre todo, desde la propia Administración.
Un accidente, por definición, es imprevisible, y por tanto en buena parte de las ocasiones inimputable; y cuando no lo es, la primera tarea de una sociedad que como la gallega tiene lazos íntimos con el oficio no es buscar culpables sino investigar las causas para que no se repitan: luego vendrá lo otro. Pero además. hay un trabajo de prevención y atención que, a día de hoy, ofrece dudas que deben eliminarlas. O no?

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