Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

 

A estas alturas, cuando ya es un hecho medible que el papel de los abuelos -y de forma aún más genérica, de los mayores- ha dejado de ser pasivo, habrá que suponer que el poder político, o los gobiernos, o las Administraciones públicas en sus diferentes niveles, no tarden demasiado en reconocer el cambio y aplicarlo en positivo. Sobre todo en momentos en los que, como éstos, todo lo que se pueda sumar es poco y cuanto se pueda aportar, clave.
Hay ejemplos en abundancia sobre los que asentar la necesidad de cambiar siquiera en parte el rol de los mayores en tiempos de tanta escasez de valores. Y quizá no sea preciso, pero no estorbará recordar historia antigua y cómo se respetaba a los ancianos como depositarios de saber y tradiciones, o a la cultura clásica, con su concepto de seniores como personas tan valiosas que, reunidas en un Senado, dictaban normas o las refrendaban para mejor gobierno del conjunto.
Pero no se trata de hacer relato exhaustivo de cómo aquel concepto ha ido degradándose a medida que se sacralizaba como único valor cotizable el de la juventud competitiva. A día de hoy, la crisis ha hecho más evidente el papel de los mayores que no sólo ayudan a los hijos en el pago de obligaciones, sino también a los nietos en albergue o en estudios. Hay muchas economías domésticas que no se sostendrían sin los abuelos, incluso a pesar de las menguadas pensiones con las que cuentan.
En otro aspecto, que podría definirse como asistencial, el papel de los mayores es aún más decisivo, porque permite la salida al trabajo de quienes, hasta ahora, se encargaban de los trabajos internos en el hogar, desde el cuidado de los más pequeños hasta la atención a terceros. Y lo hacen además de forma gratuita -que no desinteresada: no hay un solo abuelo o abuela que no tenga interés absoluto en ayudar a los suyos para que prosperen-,lo que permite al Estado notables ahorros en gasto que habría de realizar de no existir esta que podría llamarse benéfica legión.
Cuanto queda dicho no pretende constituirse sólo en una oda a la potencialidad de la que por otra parte es ya casi la mitad de la población gallega, sino que quiere ser sobre todo una llamada a la imaginación de quienes gobiernan para, como queda dicho, buscar fórmulas mediante las cuales se haga útil en la práctica la considerable capacidad que aún queda en los mayores. Y que se abandone la idea, que preside una parte de la llamada política social, de que a partir de cierta edad las gentes están para que se las almacene en lugares ad hoc donde se las atienda -eso sí, lo mejor posible- con objeto de que no molesten.
O sea y en definitiva: se trata de rescatar y poner en valor lo que tantos creyeron, y juraron aplicar, en el lejano 1968: llevar la imaginación al poder.
¿O no......?

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